La economía mexicana se mantiene en un largo periodo de estancamiento. Esto es preocupante e implica costos y riesgos cada vez mayores. Este 2025, el primer año de la gestión de la presidenta Sheinbaum, la desaceleración de la actividad productiva se ha acentuado. Los datos oficiales confirman que el PIB durante el tercer trimestre se contrajo 0.2 por ciento. El cierre del año se proyecta complicado. El pasado mes de octubre el crecimiento fue del cero por ciento.
El bajo crecimiento de la economía mexicana es un problema estructural. De 1982 al 2018, la tasa anual promedio de crecimiento del PIB fue del 2 por ciento. Al inicio de su gobierno, el presidente AMLO cuestionaba estos resultados y con toda razón los calificó de mediocres. El problema fue que durante su sexenio el crecimiento promedio fue todavía menor y solamente alcanzó el 0.8 por ciento.
¿Por qué no crece la economía mexicana? ¿Por qué no podemos alcanzar las tasas de crecimiento del 4 o 6 por ciento que nuestro país necesita cada año para generar los empleos que demanda su joven población?
Una parte de la respuesta se desprende de la baja prioridad que se le ha otorgado al crecimiento. Desde el poder político se le ha minimizado. Se sostiene que lo más importante es distribuir la riqueza, combatir la pobreza y la desigualdad. Los dos escenarios se han concretado: la pobreza está disminuyendo pero la economía mexicana continúa estancada.
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Pese a los aranceles del presidente Trump, las exportaciones mexicanas están creciendo a un ritmo del 7 por ciento anual. Pero la inversión privada, la variable más importante para detonar el crecimiento de la producción y el empleo, registra un comportamiento a la baja desde julio del 2024. Aquí está una gran parte del problema. Si los empresarios privados no invierten en maquinaria y equipo, si no amplían o construyen nuevas plantas, lo que viene como consecuencia es el estancamiento económico.
El consumo nacional también se ha estancado. El INEGI, en sus recientes mediciones sobre la confianza del consumidor encuentra que las expectativas se han deteriorado. La tasa de inflación general está por debajo del 4 por ciento pero este indicador no refleja el alto incremento que están observando los precios de los alimentos básicos y las medicinas, donde las familias de escasos recursos aplican una elevada proporción de su gasto. La reducción de las remesas que envían los trabajadores desde EU también está impactando. Desde ahora, la cuesta de enero se aprecia difícil por el aumento que tendrán los precios de refrescos, bebidas saborizantes, cigarros, debido a los impuestos saludables.
De igual forma, este 2025 disminuyó la inversión pública federal. Después de los enormes presupuestos que se aplicaron en las grandes obras como el tren Maya, la refinería Dos Bocas, ahora estamos en una etapa donde la obra pública en infraestructura se ha reducido de manera drástica.
Los elevados niveles de violencia e inseguridad que se observan en la mayor parte del país; la incertidumbre empresarial que han generado la reforma del Poder Judicial y los cambios a la ley de Amparo; la fuerte incertidumbre que prevalece por la renegociación del TMEC; también han frenado la inversión privada.
Las expectativas no son buenas. El 2026 se aprecia como otro año de estancamiento económico. Las actuales tendencias difícilmente se van a revertir. Se acumularían así 8 años con un crecimiento promedio del PIB por debajo del 1 por ciento. Ante el cúmulo de demandas, retos, problemas y exigencias que enfrenta nuestro país, esto resultará cada vez más difícil de sobrellevar.