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Ser mujer en Culiacán: resistir en tiempos de narcoguerra

Ser mujer en Culiacán en tiempos de narcoguerra significa aprender a vivir entre tres formas de violencia: la criminal, la institucional y la simbólica. La violencia...

Vivi Santana
Vivi Santana, columnista | Cortesía

Ser mujer en Culiacán en tiempos de narcoguerra significa aprender a vivir entre tres formas de violencia: la criminal, la institucional y la simbólica.

La violencia criminal

La narcoguerra que desde hace meses marca la vida en Sinaloa transformó muchas cosas: la forma en que habitamos la ciudad, la manera en que se ejerce el poder, la forma en que aprendimos a convivir con el miedo. Y también transformó profundamente lo que significa ser mujer aquí.

Los datos ya lo muestran con claridad. La violencia contra las mujeres en Sinaloa no está disminuyendo. Al contrario: en 2025 se registró el número más alto de delitos contra mujeres en dos décadas. Hoy casi la mitad de los delitos en el estado tiene como víctima a una mujer. Las cifras de feminicidio en Sinaloa han tenido picos alarmantes en la última década. Tan solo en 2025 el estado cerró con más de setenta feminicidios registrados, el número más alto en los últimos 8 años, duplicando al 2023 y 2024, y triplicando al 2021.  Ni qué decir de los homicidios dolosos. Muchas de las muertes de mujeres terminaron absorbidas por la narrativa de la violencia criminal. No aparecen como feminicidio. Aparecen como víctimas del narco, como daño colateral, como parte de un contexto de delincuencia organizada. ¿Qué queda detrás de esos números y que se pierden en el olvido? Historias que no caben en una tabla estadística: de las mujeres asesinadas y de sus familias devastadas. La violencia ocurre, y al mismo tiempo se diluye.

Cabe destacar que la violencia contra las mujeres en este contexto de narcoguerra no comenzó con los feminicidios y homicidios dolosos. Al inicio de la escalada de violencia que marcó a la región comenzaron a aparecer historias que pocas veces llegaron a las estadísticas: jóvenes desaparecidas, mujeres agredidas y violentadas en contextos donde la brutalidad no era solamente un acto de control, sino también una forma de exhibición. Para algunos grupos criminales, las mujeres se volvieron trofeo, castigo o mensaje.

La violencia institucional

Hoy muchas de las posiciones de poder institucional están ocupadas por mujeres. Presidenta de México, gobernadoras, presidentas municipales, legisladoras, funcionarias públicas, representantes populares. La paridad de género, que durante décadas fue una demanda legítima del movimiento feminista, es hoy una realidad formal en muchas estructuras del poder. Y aquí hago una pregunta incómoda: ¿esa paridad se ha traducido realmente en una forma distinta de gobernar? Porque lo que muchas veces se observa es algo distinto:

Mujeres que gobiernan y responden con comunicados, condolencias o, en el peor de los casos, silencio., mientras la estructura que produce la violencia permanece intacta.

Mujeres en el poder que minimizan la violencia que viven otras mujeres.

Mujeres que ocupan cargos sin incomodar al sistema que durante décadas permitió la impunidad.

A esa paradoja se suma otra tensión cada vez más visible: el uso del poder institucional entre mujeres. Las leyes creadas para proteger contra la violencia política de género — una herramienta necesaria frente a agresiones reales — también han comenzado a utilizarse en algunos casos como instrumento de confrontación política entre mujeres que ocupan cargos públicos hacia colaboradoras o ciudadanas.

Así, una legislación creada para proteger derechos puede terminar convertida, en determinados contextos, en un mecanismo de disputa dentro del propio poder, a beneficio de quién está en el poder o para perjudicar y/o amedrentar a quien le crítica, vulnerando así las garantías individuales que prometieron proteger.

La violencia simbólica

En las calles, la protesta también ha cambiado. Durante años, muchas de las marchas más visibles en Sinaloa con motivo del 8 de marzo fueron convocadas por mujeres activistas y colectivas que exigían justicia en un contexto donde la impunidad parecía absoluta. Al día de hoy, tenemos una gran paradoja, porque muchas de esas activistas ahora están en el poder, ya sea como representantes o funcionarias públicas.

Las marchas feministas en Culiacán siguen existiendo, pero su forma se ha transformado. Muchas pasan frente a la Fiscalía, muchas se convierten en intervenciones artísticas, en manifestaciones simbólicas que buscan visibilizar el dolor, expresiones legítimas y necesarias. Hoy pocas o ninguna llega a Palacio de Gobierno. Y eso abre a preguntas incómodas: ¿se transformó la forma de protesta o también cambió la relación entre el poder y quienes antes encabezaban esas movilizaciones? ¿Querrán distanciarse de la indignación social?

Ser mujer en Culiacán hoy significa vivir en medio de una contradicción permanente.

Significa habitar una ciudad donde las cifras de violencia crecen, donde los discursos institucionales prometen atención, pero donde la experiencia cotidiana de muchas mujeres sigue marcada por el miedo, la impunidad y la revictimización.

Significa ver cómo algunas mujeres llegan al poder sin transformar las estructuras que durante décadas permitieron la violencia y que tanto criticaron. Significa observar cómo otras mujeres terminan enfrentando nuevamente la violencia desde las propias instituciones que deberían protegerlas.

Ser mujer en Culiacán, al mismo tiempo, significa resistir.

En Sinaloa esa resistencia tiene muchos rostros:

Madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Las madres buscadoras se han convertido en uno de los símbolos más claros de esa resistencia. Mujeres que, ante la ausencia de respuestas del Estado, salieron a buscar a sus hijos con sus propias manos, recorriendo cerros y caminos donde muchas veces las autoridades nunca llegaron primero. Su lucha nos recuerda algo fundamental: que el dolor puede convertirse también en una forma de dignidad.

Mujeres que seguimos marchando. Mujeres que acompañamos a otras mujeres. Porque acompañar también es resistir.

Acompañar a una madre que busca.

Acompañar a una madre que exige justicia.

Acompañar a alzar la voz aunque seamos dos, o tres o cuatro, para presentar una denuncia o exigir que atiendan el reclamo de una policía violentada.

RESISTIR es acompañarnos como mujeres y como sociedad para no normalizar la violencia.

Resistir en Culiacán hoy significa algo muy concreto: no callar, no normalizar, no acostumbrarse.

Significa acompañar a las víctimas, exigir justicia e incomodar al poder cuando la violencia se minimiza.

Significa recordar que la paridad política no era solo para ocupar cargos. Era para cambiar la historia.

Y esa historia todavía se está escribiendo, aunque a las que están gobernando se les olvida.

Porque una ciudad no se mide por cuántas mujeres gobiernan. Se mide por cuántas podemos vivir sin miedo.

Decidamos qué tipo de sociedad queremos ser.

Una donde las mujeres desaparecen, son asesinadas o revictimizadas mientras las instituciones administran estadísticas.

O una donde la indignación todavía tiene la fuerza suficiente para cambiar las cosas.

Si algo ha demostrado la historia es que las transformaciones nunca comenzaron desde el poder. Comenzaron desde la gente que decidió no acostumbrarse y no quedarse en silencio.

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Vivi Santana

Vivi Santana

Columnista

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