Para los críticos de las decisiones de la actual administración (donde me sitúo en algunas ocasiones), la noticia de que el Senado busca meter las manos en el bolsillo de los trabajadores mexicanos vía los ahorros para el retiro es un banquete muy exquisito para hincarle el diente; sin embargo, en honor a la verdad y la ética profesional, es necesario realizar un análisis más minucioso de lo que significa esta decisión.
En el imaginario colectivo mexicano, el ahorro para el retiro es una especie de cofre sagrado, una última línea de defensa contra una vejez de precariedad. Por eso, cuando el Senado de la República le da una “manita de gato” a las leyes que rigen nuestras AFORES, el país entero se pone en guardia. El ruido en redes sociales es ensordecedor: que si es una expropiación disfrazada, que si el gobierno ya se acabó el dinero y ahora viene por el nuestro. Hay que entender que el juego del dinero en México siempre ha tenido reglas que pocos se detienen a leer.
Lo primero que debemos despejar, para evitar infartos innecesarios, es el fantasma del robo. No, no le van a vaciar su cuenta individual para pagar el gasto corriente del gobierno. El sistema de capitalización individual tiene candados técnicos que hacen que un “manotazo” directo sea jurídicamente un suicidio. Lo que realmente ocurrió en el Senado no fue un asalto, sino una apertura de puertas. El gobierno no te quita el dinero; lo que hace es invitar —con mucha insistencia— a tu AFORE a que se convierta en su socio constructor.
Aquí es donde entra el concepto que todos debemos aprender: las FIBRAS. Para que lo entendamos sin tanto tecnicismo de Wall Street, un Fideicomiso de Inversión en Bienes Raíces (Fibra) es como si un grupo de personas se juntara para comprar un edificio de departamentos y vivir de las rentas. Tú no tienes dinero para comprar todo el edificio, pero puedes comprar “ladrillos” a través de certificados. Las AFORES llevan años usando este esquema para invertir en naves industriales, hoteles y centros comerciales. De hecho, gran parte de los rendimientos que ves en tu estado de cuenta cada cuatrimestre vienen de ahí: de ladrillos reales que generan rentas reales.
El punto de quiebre aquí es la autonomía. Históricamente, se nos ha vendido la idea de que las AFORES son entes independientes que buscan el máximo beneficio para el trabajador. Y en gran medida es cierto: la AFORE siempre ha tenido la última palabra sobre en qué invertir. Ni el Presidente ni el Secretario de Hacienda pueden obligar legalmente a un comité de inversión a comprar bonos de una obra si no ven rentabilidad. Lo vimos con el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco. Cinco administradoras decidieron, bajo su propia estrategia de riesgo, meterle 17 mil millones de pesos a una Fibra E. Cuando el proyecto se canceló, no hubo un “hoyo” en las cuentas de los trabajadores porque el mecanismo financiero obligó al gobierno a pagar el capital más los intereses. Fue un mal negocio para el país, pero un negocio blindado para el ahorrador.
Entonces, ¿por qué tanto brinco si el suelo está parejo? Porque la nueva reforma suaviza los límites. Al flexibilizar el régimen de inversión, el gobierno le está diciendo a las administradoras: “Miren, ya no necesitan que el proyecto tenga una calificación de excelencia de las agencias internacionales; ahora pueden entrarle a mis obras desde que son solo un dibujo en un plano”.
El riesgo no es el robo, es la calidad de la decisión. Invertir en una FIBRA que administra naves industriales en el corredor logístico de Querétaro es un negocio probado; invertir en una refinería o en un tren de pasajeros que no tiene claros sus retornos de inversión es una apuesta. Si esa apuesta sale mal, el gobierno no pierde —ellos ya usaron el dinero para construir—, el que pierde es tu rendimiento. Tu dinero no desaparece, pero “engorda” más lento.
Lo que hoy vemos es una presión política envuelta en papel de regalo legislativo. El gobierno busca financiamiento barato y las AFORES tienen la cartera más grande del país (casi el 19% del PIB). El peligro real es que los comités de inversión de las administradoras empiecen a tomar decisiones con un ojo en el balance financiero y el otro en el humor del regulador en turno.
No nos van a robar, pero sí nos están pidiendo que financiemos el desarrollo nacional con nuestro futuro. Es una apuesta de “ganar-ganar” para el Estado, pero de “veremos” para el trabajador. La responsabilidad, hoy más que nunca, recae en las AFORES. Ellas deben demostrar que su lealtad está con el dueño del dinero —usted y yo— y no con el que firma los permisos. Al final del día, el retiro no es un tema de patriotismo, es un tema de matemáticas. Y en las matemáticas, los caprichos políticos suelen dar números rojos.
Vigile su estado de cuenta, exija transparencia a su administradora y no se deje llevar por el pánico. Su dinero sigue ahí; el problema es que ahora tiene permiso de irse a jugar a obras que, por más que nos digan que son “del pueblo”, deben demostrar primero que son negocio.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Ya revisó dónde está metido el dinero de su AFORE?