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Rosa Mexicana de Elina Chauvet en la Casa del Maquío

El dolor, la rabia y el duelo pueden transformarse en arte. Pueden conectar humanamente con personas que han —o no— atravesado las mismas circunstancias, y sublimarse en esperanza

| Foto: Alejandra Larrondo

Para comprender la dimensión de Rosa Mexicana, la pieza que actualmente se exhibe en el jardín de arte público de la Casa del Maquío, ubicada en el corazón de la colonia Chapultepec en Culiacán, es importante conocer quién es Elina Chauvet, su trayectoria artística, sus batallas personales y su enorme generosidad al traer esta intervención a una ciudad donde las circunstancias actuales no parecen particularmente esperanzadoras, en medio de una realidad marcada por la violencia que, de una u otra manera, hemos aprendido a sobrellevar para continuar con nuestra vida cotidiana.

Elina es una artista con una visión lo suficientemente contundente como para traspasar fronteras, romper las barreras del idioma y hacer sentir, en distintos continentes, el dolor de la pérdida y de la ausencia. Su pieza Zapatos Rojos ha dado la vuelta al mundo, exhibiéndose en plazas y ágoras públicas de distintos países como Italia, España, Argentina y Estados Unidos. La obra lleva impresa la huella que dejó el feminicidio de su hermana Julia.

En esos zapatos —un objeto tan cotidiano como profundamente simbólico— habita la ausencia. Los zapatos representan nuestro desplazamiento diario, nuestra manera de habitar el mundo. Incluso el tipo de zapato puede decir mucho sobre quien lo porta: no es lo mismo usar tenis que tacones; no es lo mismo portar una marca genérica que una de lujo. En Zapatos Rojos vemos desde zapatillas elegantes hasta huaraches de plástico, recordándonos que la violencia contra las mujeres atraviesa todas las clases sociales y todos los contextos. El machismo, entendido como estructura patriarcal, se vuelve entonces universal.

Zapatos Rojos, conectó a Elina con otras mujeres alrededor del mundo, entre ellas Maria Grazia Chiuri, directora creativa de Dior, una de las casas de moda más importantes de la industria. Resulta profundamente simbólico que una firma históricamente fundada bajo una visión masculina de la feminidad —corsés, cinturas imposibles, faldas amplias— fue dirigida recientemente por una mujer que utilizó la moda como plataforma política y feminista.

Maria Grazia invitó a Elina a intervenir con bordados algunas de las piezas presentadas en el desfile Crucero 2024 realizado en el Colegio de San Ildefonso, en la Ciudad de México. El cierre del desfile, acompañado por Canción sin miedo de Vivir Quintana, trascendió la pasarela para viralizarse en redes sociales y visibilizar la lucha feminista desde una plataforma global. Canción que, para la mayoría de las mujeres en México, se ha convertido en el himno que nos acompaña cada marcha el 8 de marzo.

Pero entonces, ¿qué nos quiere decir Elina con Rosa Mexicana? ¿A qué nos invita esta intervención realizada dentro de la estructura de Casa Nómada?

Foto: Alejandra Larrondo

Nos invita a entender que el dolor, la rabia y el duelo pueden transformarse en arte y convertirse en un espacio de encuentro humano y esperanza colectiva, pues la intervención se sostiene a través de símbolos profundamente cargados de significado, comenzando por el color rosa. Un color que, desde la infancia, aprendimos a asociar con lo femenino y con el género (hombres azules, mujeres rosas). Así nos lo enseñaron y así lo aceptamos socialmente.

Para quien no lo sepa, Elina es originaria de Ciudad Juárez, territorio marcado por la historia de los feminicidios que comenzaron a visibilizarse brutalmente desde los años noventa. La indignación ante esa violencia llevó a madres y familiares de víctimas a colocar cruces rosas como acto de memoria, protesta y denuncia. El rosa comenzó entonces a representar a esas mujeres desaparecidas y asesinadas: madres, hijas, hermanas y amigas a quienes se les arrebató el derecho universal de seguir viviendo.

Pero esta no es cualquier rosa.

Es el rosa intenso, vibrante, entre rojo y fucsia, que Luis Barragán convirtió en símbolo de identidad visual mexicana dentro de su arquitectura. Un color utilizado para otorgar fuerza espiritual, profundidad y contraste; un rosa capaz de hacer que el verde parezca más verde y el azul más azul.

Es también el rosa con el que se han pintado cruces frente al Ayuntamiento de Culiacán y sobre el suelo del Palacio de Gobierno de Sinaloa como gesto de protesta y exigencia de justicia por parte de colectivas feministas y madres rastreadoras. Un color con una carga semiótica tan potente que podría sostener, por sí solo, un ensayo entero.

Es el rosa ligado al romanticismo, al amor, a la sensibilidad. En algunas tradiciones espirituales se asocia con la energía del corazón y la compasión. Es el rosa que imaginamos cuando Édith Piaf canta La Vie en Rose.

Foto: Alejandra Larrondo

Dentro de la instalación habitan también rosales. Elina los pensó como símbolo de vida y esperanza, pero también podemos leerlos desde la dualidad. La tierra puede ser el espacio fértil donde nace una rosa y, al mismo tiempo, la fosa clandestina donde descansan cuerpos que esperan ser encontrados.

Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué relacionar las plantas con la esperanza?

Quizá porque incluso en medio del desastre, la vida insiste.

Como escribió Albert Einstein:

“El agua sucia no impide que las plantas crezcan.”

Antes de hablar de la diferencia entre casa y hogar, es importante reconocer el papel de la artista como mediadora, guía y maestra, de su generosidad al compartir conocimiento, experiencia y dirección con las personas que participaron en el taller que hizo posible esta pieza.

Nada en esta obra fue improvisado.

Elina comenzó a imaginar este proyecto desde que presentó la propuesta a la Casa del Maquío hace más de dos años. Su intención de trabajar desde el taller tenía justamente ese propósito: escuchar, intercambiar y plasmar las voces de quienes habitan la violencia y las desapariciones desde distintos lugares en Culiacán.

El resultado es un trabajo brutalmente honesto que utiliza el bordado como lenguaje para hablar de nuestro tejido social y la confianza colectiva.

Un detalle particularmente interesante es que, aunque este tipo de espacios suelen convocar principalmente a mujeres artistas o integrantes de colectivas feministas, en este taller participaron personas de distintos oficios, así como hombres y mujeres por igual.

El ejercicio implicó dejar de lado egos individuales para construir un mensaje colectivo, aprender a respetar diferencias y también establecer límites incómodos pero necesarios para abordar con sensibilidad un tema tan doloroso como las desapariciones. Porque no estamos hablando de algo banal: hablamos del dolor de cientos de familias, de infancias fracturadas y de estructuras sociales profundamente rotas.

Cuando visiten la pieza, permítanse incomodarse.

Pisen la alfombra bordada con la frase “Te extraño”. Pregúntense si la casa donde crecieron fue realmente un hogar o solamente un refugio temporal. Cuestiónense cómo habitan los espacios donde pasan la mayor parte de su vida y si esos lugares permiten realmente un desarrollo sano y una contención genuina de vulnerabilidad humana.

Elina eligió el tejido y el bordado no por capricho, sino porque el bordado habla. Cuenta historias. Simboliza la confianza que depositamos en los otros para sostener la vida misma.

¿Y qué ocurre cuando el hilo se rompe?

Cuando la confianza se rompe, queda una herida profunda y una cicatriz difícil de restaurar.

La misma herida que atraviesa nuestra ciudad, nuestro estado y nuestro país en medio de los índices de violencia.

¿Qué pasaría si, como sociedad, entendiéramos el papel fundamental que ejercemos individualmente? ¿Qué ocurriría si tomáramos conciencia de aquello que bordamos todos los días para construir —o destruir— la confianza colectiva?

Rosa Mexicana es ese útero, esa matriz, ese hogar y ese refugio donde todas estas ideas y sentires encuentran lugar.

Días después de ser inaugurada, la pieza fue intervenida por el colectivo Sabuesos Rastreadoras y ocuparon el espacio con carteles y bordados. Con todo sentido, pues la obra les pertenece, es por y para ellas.

Vale la pena dimensionar que hacer realidad esta pieza en Culiacán no fue una tarea sencilla. Fue posible gracias a la suma de muchas voluntades, jornadas largas de trabajo bajo el sol y el esfuerzo constante de quienes siguen apostando por la cultura en un contexto donde las instituciones culturales enfrentan cada vez más dificultades para acceder a recursos y sostener proyectos de esta magnitud.

Vayan a verla. Y píntense de rosa, literal y metafóricamente, cuando entren en ella.

Pienso y siento a través del arte.

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Alejandra Larrondo López

Alejandra Larrondo López

Columnista

Alejandra Larrondo López

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