Es tanto el daño generado por la violencia que a veces no se puede pensar con claridad. La violencia no solo lastima a personas y propiedades, también erosiona algo más profundo: la confianza, la esperanza, el ánimo colectivo. Sinaloa vive uno de esos momentos.
Por eso no es menor el llamado que ha hecho la Diócesis de Culiacán y su obispo, Jesús José Herrera Quiñonez. No es un mensaje político ni una consigna vacía. Es una invitación humana y espiritual: mantenernos cerca de Dios en tiempos difíciles. Y vale la pena detenernos a reflexionar qué significa ese llamado.
Acercarse a Dios no es huir de la realidad ni cerrar los ojos ante la violencia. Al contrario. Es buscar fortaleza interior cuando afuera todo parece desbordado. Es recordar que no todo se resuelve con fuerza, armas, críticas o discursos duros; también nos hace falta hacer conciencia y comunidad.
Cuando la violencia se prolonga, el riesgo no es solo el miedo. Es el aislamiento. Cada quien encerrado en su casa, en su rutina, en su coraje. Y ahí es donde empezamos a perder más de lo que creemos. Porque una sociedad fragmentada es terreno fértil para que lo peor siga avanzando.
De ahí la otra parte esencial del mensaje: estrechar los lazos con nuestros semejantes. Volver a lo básico. A la familia, a los vecinos, a los compañeros de trabajo, a los amigos. Preguntar cómo estás y escuchar de verdad.
Tender la mano sin esperar nada a cambio. Recuperar principios sencillos de convivencia, respeto y solidaridad que durante años han sostenido a nuestras comunidades.
No es romanticismo. Es resistencia social. Cuando una colonia se conoce, se cuida y se habla, es más difícil que el miedo la domine por completo. Cuando hay comunidad, hay contención.
En medio de este panorama crítico, también es justo decirlo: hay mujeres y hombres que todos los días salen a enfrentar una realidad muy difícil desde las instituciones de seguridad. No trabajan en condiciones ideales ni con resultados inmediatos.
Enfrentan presión, riesgo y desgaste constantes. Reconocer su esfuerzo no significa negar los problemas ni cerrar los ojos a lo que falta por hacer. Significa entender que la paz no se construye solo desde la crítica ni con soluciones mágicas.
Estamos viviendo un momento en el que las expresiones más salvajes de algunos grupos nos golpean una y otra vez, nos hieren como sociedad y nos hacen dudar del rumbo. Pero justo ahí, cuando todo parece oscuro, es cuando más sentido tiene el llamado a no perder lo esencial.
Fe, comunidad y reconocimiento mutuo. No como discurso, sino como práctica diaria, como una decisión personal.
Tal vez no podamos cambiar la realidad de un día para otro. Pero sí podemos decidir no deshumanizarnos.
Sí podemos decidir no romper los lazos que nos sostienen. Sí podemos elegir caminar juntos, con respeto, con empatía y con la convicción de que, incluso en los tiempos más duros, la cercanía con Dios y con los demás sigue siendo una poderosa forma de mantener la esperanza.