Prenderle fuego a la democracia

«ADVERTENCIA: Este video contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad de algunas personas.»

            Tras este aviso inicial en grandes letras blancas contrastando con un fondo negro, aparecen enseguida las imágenes del momento justo en el que un joven con el rostro encubierto rocía alcohol en la nuca y la espalda de un policía de Guadalajara y le prende fuego con un encendedor, en medio de las manifestaciones de protesta del jueves 4 de junio en Palacio de Gobierno de Jalisco.

            El fuego cundió esa tarde en la perla tapatía con la quema también de tres patrullas de la policía en los alrededores de palacio, como propagación de la ardiente indignación que envolvió a cientos de personas que protestaban por la muerte del albañil Giovanni López a manos de policías municipales de Ixtlahuacán de los Membrillos el pasado 5 de mayo en ese municipio.

            No creo que haya una persona sensata que pueda decir que está bien prenderle fuego a otra persona al calor del coraje que nos consume por dentro ante alguna injusticia. Pero tampoco creo que debamos decir que está mal que los ciudadanos se estén manifestando tan enérgicamente como lo están haciendo, desahogando su enojo y frustración ante una injusticia sistemática que los abusos policiacos han perpetuado en México durante tantos años.

            Las manifestaciones de protesta siempre serán complicadas, más aún cuando se salen de control y derivan en actos de violencia, pero no obstante son una parte necesaria de toda democracia, son la voz imprescindible que deben elevar quienes no están de acuerdo con el statu quo. Y es una voz que siempre debe de escucharse para atender el origen de un problema social, y no sofocarla únicamente con el ruido estruendoso de la represión policial que opaca el clamor de soluciones de fondo.

            Decía el politólogo italiano Norberto Bobbio en su obra El futuro de la democracia, que la democracia no sólo es el consenso de la mayoría, sino también el disenso de la minoría. Es además el desacuerdo, la protesta, la libertad de manifestarse en contra de lo que hace un gobierno democrático elegido por la mayoría de los ciudadanos, porque al escucharse esa voz discordante se mantiene viva la misma democracia.

            «Esta característica fundamental de la democracia de los modernos se basa en el principio de acuerdo con el cual el disenso, cuando sea mantenido dentro de ciertos límites que son establecidos por las llamadas reglas del juego, no es destructivo, sino necesario; una sociedad en la que el disenso no esté permitido es una sociedad muerta o destinada a morir». (p. 48)

            Pero así como la democracia está lejos de ser el tipo ideal de gobierno, también tiene muchas situaciones que no son ideales entre sus miembros, y una de ellas es precisamente cuando el disenso rompe esos ciertos límites de las reglas del juego y se torna violento. Pudieran decir algunos críticos de las manifestaciones actuales, que los ciudadanos deberían en cambio imitar las protestas pacíficas de Mahatma Gandhi y de Martin Luther King, pero recordemos que ambos líderes terminaron asesinados a balazos como resultado de sus manifestaciones. Es decir, ni sus nobles luchas fueron el tipo ideal de movilización que puede resolver en definitiva los problemas. Si no, eche usted una mirada a ver cómo sigue Estados Unidos hoy en día con ese racismo que combatía Luther King en los cincuentas y sesentas.

            La solución a estas protestas en México que surgen del disenso, del coraje y de la impotencia, no es sencilla sin duda. Pero lo primero que sí está claro es que la solución no es la policía, porque la policía es parte del problema; es como querer combatir fuego contra fuego y desatar un incendio aun mayor.

            Se preguntaba Bobbio:

            «¿Qué hacemos con las personas que disienten? ¿Las aniquilamos o las dejamos sobrevivir?, y si las dejamos sobrevivir ¿las detenemos o las dejamos circular, las amordazamos o las dejamos hablar, las rechazamos como desaprobadas o las dejamos entre nosotros como ciudadanas libres? No se puede negar que la prueba de fuego de un régimen democrático está en el tipo de respuesta que éste da a tales preguntas.» (p. 49)

            Y estamos, lamentablemente, ante respuestas equivocadas de los gobiernos, cuando en Jalisco los policías ministeriales vestidos de civil y encapuchados agreden y “levantan” a decenas de manifestantes, y en la Ciudad de México cuando los policías capitalinos patean en el rostro a una jovencita manifestante de 16 años que yacía en el suelo, mandándola al hospital.

            Violencia no puede responderse con más violencia en un país democrático, porque con eso sólo se logra una cosa: prenderle fuego a la democracia.

            Dialoguemos para conocer más, que el conocimiento nos hace libres.

Twitter: @marcocesarojeda

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