¿Por qué los jóvenes no cumplen con las medidas sanitarias?

Recientemente se publicó una noticia que hacía referencia a la imposibilidad de contener el contagio debido al comportamiento de la gente joven. Estamos hablando de personas entre 19 y los 23 años.

Por la etapa de desarrollo psicosocial en la que se encuentran, las personas en este rango de edad están en el momento de descubrir el mundo, saltar a la libertad y por supuesto a la edad adulta.

Sin embargo, esta etapa no la estarán viviendo sí, debido a la contingencia sanitaria, deben quedarse confinados en sus casas, mientras observan el mundo a través de las noticias y las redes sociales.

Como hemos visto, los jóvenes continúan haciendo reuniones de tipo social en casas, playas o algunos restaurantes que ya están abiertos. Obviamente, todos esos lugares son oportunidad para la transmisión del virus.

Es fácil culpar únicamente a los jóvenes por los brotes de casos: esto encaja perfectamente en el estereotipo de imprudencia y rebeldía de los jóvenes.

Pero estas decisiones cargadas de riesgo están más relacionadas con su desarrollo y la etapa psicosocial en la que se encuentran que con el quebrantar de forma consiente las medidas sanitaras.

Aunque entrar a la vida adulta no se parece a lo que solía ser, muchas de las primeras expectativas de esta etapa––como libertad, independencia y amistades–– aún continúan, y siguen provocando que los jóvenes actúen de maneras que pueden exponerlos a ellos o a otras personas al contagio.

Los jóvenes están programados para tomar riesgos

Existe algo de verdad en el estereotipo de los jóvenes sobre tomar riesgos: son más propensos a decidir algo en el ardor del momento porque están programados de esa manera.

Durante la adolescencia y la edad adulta, la zona del cerebro más sensible a las recompensas sociales ––la amígdala–– se desarrolla a un ritmo mucho más acelerado que la corteza frontal, que es la parte del cerebro responsable de las decisiones racionales.

Esa disparidad en el desarrollo de estas zonas, puede llevarlos a tomar decisiones que muchos de nosotros podríamos considerar riesgosas, como visitar a amigos o asistir a una fiesta.

Sus decisiones son más de “¿qué hay en este momento, ¿qué me estoy perdiendo, ¿qué es lo que me haría más feliz en este momento?”.

Los jóvenes también son especialmente sensibles a las recompensas que pueden obtener de las decisiones arriesgadas durante esta etapa de su vida. No es que no entiendan las consecuencias negativas, pero pelean por regular esos impulsos que los llevan a asumir riesgos porque “el premio” es muy grande.

Es esta combinación de estar separados de la convivencia social durante un tiempo en una edad en la que compartir con los amigos es tan importante para el desarrollo es la que hace que los jóvenes perciban que los beneficios son superiores a los riesgos.

Su miedo al contagio puede verse superado por el objetivo de construir lazos.

Los jóvenes dependen de las conexiones sociales para construir sus identidades, La pandemia no ha restado el deseo de pertenencia de las personas que se encuentran en esta etapa de desarrollo.

La aprobación de los amigos es cada vez más importante durante la adolescencia, y los adultos jóvenes dependen de sus conexiones sociales para construir sus identidades. Todavía quieren ver a sus amigos y conocer personas nuevas.

Los compañeros y amigos son tan importantes que no es una casualidad que estemos viendo más estos comportamientos y que estén especialmente orientados a los iguales.

Ahora bien, existe un riesgo que los jóvenes se toman muy en serio: el rechazo. Entonces, si ven que alguien a quien respetan o admiran, o que tiene algún tipo de poder social, está rompiendo las reglas de distanciamiento social o asistiendo a una fiesta, pueden dudar en criticar a dicha persona, esto significaría el ser excluidos del círculo social.

Las conexiones sociales, afirmó, generan resiliencia. Tener lazos sólidos y amistades consolidadas nos ayuda a superar tiempos difíciles, incluidos momentos como estos.

Para algunos jóvenes, el aislamiento puede percibirse más aterrador que la posibilidad de contagio.

El sentido de pertenecer y la aceptación de los pares supera la razón.

Reciben mensajes contradictorios de los adultos

Parece que las instituciones de gobierno y de salud no han podido decidir si es seguro para la población el regresar a la “normalidad”. Muchos gobiernos locales han reactivado sectores económicos como restaurantes, centros comerciales y algunos destinos turísticos.

Debido a esta reactivación y reapertura, los jóvenes pueden pensar que estarán seguros para reanudar su vida como la conocían.

Otro punto que favorece esta convivencia es que los jóvenes pudieron haber interiorizado la declaración inicial de las autoridades sanitarias y de gobierno acerca de que los niños y los adolescentes tienen una probabilidad mucha menor de enfermarse de coronavirus. Y aunque el riesgo es relativamente bajo, nos hemos enterado de muchas muertes de jóvenes por esta causa.

Obviamente, lo que sabíamos del comportamiento del virus ha cambiado, pero muchos jóvenes han reforzado la idea de que no son parte del grupo de alto riesgo.

Aún están procesando mentalmente la pandemia

La decepción es inevitable en momentos como este. Las expectativas destrozadas, junto a los desafíos de la pandemia, afectan a los jóvenes de diferentes maneras y los hacen navegar por su cuenta en el ambiente incierto.

Datos de salud preliminares han confirmado lo que los psicólogos temíamos que fuera cierto: los jóvenes se han sentido abrumados por la ansiedad y la depresión desde el inicio de la pandemia. Se estima que más de un tercio de la población ha experimentado síntomas de depresión y ansiedad desde la primavera.

Algunos jóvenes pueden buscar actividades que les devuelvan el sentido de la normalidad, o incluso ir tras las experiencias que anhelaban y que la pandemia amenazaba con cancelar.

Existe este deseo de aferrarse a la forma en que las cosas solían ser, como querían que fuera. Esta es una de las partes más difíciles de la pandemia: enfrentarnos a una realidad que ninguno de nosotros pensó que podría existir.

Los jóvenes cuyas experiencias con el coronavirus son más personales pueden estar más dispuestos a acatar las reglas de sanidad. Afortunadamente son muchos los jóvenes que se han salvado del virus. Esto ayuda a que los jóvenes que no han sido contagiados consideren la posibilidad de contagio como menos grave.

Los adultos suelen hablar de cómo los adolescentes se comportan como si fueran inmunes y la percepción de que su conducta arriesga a toda la comunicad es algo difícil de entender.

La realidad según los estudios hechos es que la mayoría de los jóvenes se esta tomando la pandemia en serio y actúan según las medidas de prevención, pero los videos y fotos de otros que asisten a playas y fiestas particulares representan a todo ese grupo. Pagan justos por pecadores…

De cualquier modo, el riesgo con este comportamiento es que, aunque sean pocos los jóvenes que caen en conductas de riesgo, esto podría provocar un rebrote en las infecciones que podrían llevarnos a regresar a un confinamiento total.

Las gobiernos e instituciones han tenido dificultades para encontrar métodos que funcionen para para convencer a los jóvenes de que se mantengan seguros.

Es evidente que no funciona que se les diga que se abstengan de la interacción social. Este modelo no ha sido útil en otros escenarios de riesgo como lo son conducir bajo el efecto del alcohol, el consumo de sustancias o tener relaciones sexuales sin protección.

Lograr que los jóvenes obedezcan las medidas de seguridad es uno de los retos del covid-19 que parece no tener solución.

Si tienes algún comentario, te invito a que lo dejes en el espacio al final de esta columna.

Juan José Díaz – Psicólogo, psicoterapeuta e hipnosis clínica.

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