En medio de la Guerra Civil Española, el 26 de abril de 1937, la ciudad vasca de Guernica fue bombardeada por la Legión Cóndor de la Alemania nazi y la Aviación Legionaria italiana, fuerzas aliadas del bando nacionalista encabezado por Francisco Franco. Era una época de profunda tensión entre republicanos y nacionalistas por el control político y militar de España.
Como acto de dolor y denuncia, Pablo Picasso retrató los horrores ocasionados por aquel ataque aéreo contra la población civil. En la pintura aparecen elementos cargados de simbolismo: la lámpara o antorcha como representación de la verdad y la conciencia humana; el caballo herido que parece lanzar un alarido desgarrador; el ojo en la parte superior como una especie de Gran Hermano que todo lo observa; la madre que sostiene a su hijo muerto; el toro, figura interpretada como fuerza, brutalidad y permanencia; las manos extendidas hacia arriba pidiendo auxilio, los cuerpos fragmentados y las miradas desorbitadas que convierten el sufrimiento en una imagen universal.
Pero lo que ha hecho sumamente importante esta obra a lo largo del tiempo, no solo dentro de la historia del arte, sino también de la historia de la humanidad, fue el acto de protesta que acompañó al lienzo. Picasso dispuso que la obra no regresara a España mientras no se restablecieran las libertades democráticas.
Así, durante décadas, el cuadro permaneció bajo resguardo del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), donde permaneció hasta 1981, años después de la muerte de Franco y del inicio de la transición democrática española.
Resulta inevitable pensar en la paradoja de que la obra habitara durante tanto tiempo en Estados Unidos, país que en distintos momentos de la historia se ha presentado como el policía del mundo y del orden democrático internacional.
Léase esto con cierta ironía, por favor.
Pero todavía más asombrosa —o quizás más irónica— me parece la controversia provocada por una copia de la obra y no por el original. El tapiz de Guernica instalado frente a la sala del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en Nueva York fue cubierto con una tela azul durante la visita del entonces secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, en febrero de 2003, cuando defendía ante la comunidad internacional la inminente invasión de Irak. Resultaba incómodo justificar una intervención militar teniendo como telón de fondo la imagen más poderosa del siglo XX contra la guerra.
Hoy, aunque la obra puede visitarse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, continúa generando debates sobre su pertenencia. Hay quienes cuestionan si la democracia prometida en su retorno realmente se consolidó; otros consideran que el cuadro debería resguardarse en la propia ciudad de Guernica, cuya tragedia inspiró la obra. La discusión permanece abierta y, quizá por ello mismo, sigue viva.
Guernica es mucho más que una pintura. Es la representación persistente de las contradicciones geopolíticas que atraviesan nuestro tiempo: la violencia ejercida en nombre de la paz, la guerra emprendida en nombre de la libertad y la verdad ocultada precisamente cuando más necesaria resulta.
Pienso y siento a través del arte.
Alejandra Larrondo