Hace unos días, un operativo en Culiacán volvió a estremecer nuestras conciencias: entre los detenidos por delitos graves, incluyendo homicidio, había menores de edad. Uno de ellos apenas tiene 14 años.
A esa edad, muchos niños deberían estar preocupados por pasar matemáticas, no por aprender a usar un arma de grueso calibre.
¿Qué lleva a un niño de 14 años a empuñar un arma y quitarle la vida a alguien?
No es una pregunta con respuesta fácil. Pero sí es una pregunta que, como sociedad, no podemos dejar de hacernos. Porque detrás de cada caso como este hay muchas fallas: del hogar, del sistema educativo, de la comunidad, y sí, también del Estado.
El crimen organizado sabe lo que hace. Reclutar adolescentes no es casualidad. Los menores, por su edad, reciben penas más bajas. Su perfil pasa más desapercibido.
Y en muchas colonias de las periferias, el narco no solo ofrece dinero: ofrece pertenencia, respeto y una supuesta “salida” frente a la pobreza.
En muchos casos, estos niños crecen en entornos donde la violencia es normal, donde las armas son parte del paisaje y donde el crimen ha gozado de impunidad. Algunos de estos menores vienen de hogares desintegrados. Otros, simplemente, de comunidades donde ya no hay maestros suficientes, ni espacios seguros.
En Culiacán, en los últimos dos años se ha hecho un esfuerzo por rescatar y construir espacios públicos de calidad para la práctica del deporte y actividades recreativas que integren a las familias. Se han levantado parques, espacios deportivos y centros de barrio. Pero hace falta mucho más. No solo voluntad, sino más recursos, porque donde el gobierno no llega, el crimen sí lo hace.
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿qué hemos hecho, o dejado de hacer, para que un niño termine convertido en asesino?
Es fácil indignarse al ver la noticia. Es más difícil aceptar que la solución no vendrá solo con más patrullas o más operativos. Necesitamos políticas públicas que lleguen a más colonias y comunidades rurales.
Necesitamos mejores escuelas. Familias con apoyo. Niños que encuentren opciones de vida antes de que alguien les ponga un fusil AK-47 en las manos.