Niña de mis ojos

Filosofía de cantina

Columnista, periodista cultural, locutor y productor de radio. Autor de libro de poemas Derrumbe del tambor. Desde el 2008 su sección ¿Qué escucha cuando escucha? se transmite en Línea Directa.

Una niña recién nacida ha muerto a causa de la injusticia, del rencor, de la soledad, pero sobre todo de la deshumanización que nos hace presa todos los días. Esta es nuestra historia, aunque nos duela contarla.

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Un viento fino, apresado por el frío de un enero que nos muestra los dientes, y delgado como un hilo de seda, se filtró hasta su pequeño corazón que era frágil como semilla y lo hizo estallar ante la ausencia del calor, que ese día prefirió ausentarse de las calles.

En sus diminutos pies, descalzos, suaves ante tanto cielo, y tanto mundo, se enroscó la maldad en forma de olvido y desgracia. En sus manos, que fueron reconocidas por la luz y la basura por primera vez, antes que su madre, se acurrucó la crueldad. Nacer se le convirtió, sin pedirlo, en una omisión. Ella, la niña de ojos que no reconoceremos jamás se enfrentó al invierno en una lucha desigual, sola. Sin padre que diga su nombre, sin madre que le acaricie el pelo. Sin ella misma.

Un hombre, en la radio, con una voz tensa y que parece venir de tres siglos atrás, ha dicho que una niña recién nacida ha sido abandonada en la calle, en la basura de una ciudad que respira un humeante trastorno. Que su quebradizo cuerpo, como una sábana blanca ante el huracán, no da señales de vida y que las venas, de la niña sin nombre, se han detenido. Ceniza viva se convirtió su piel en las manos de quien pretendió regresarle la vida. No pudieron.

La estática del aparato radiofónico nos ha dejado sin aliento; y el aire de todo el mundo se suspende por un instante porque no sabemos qué decir. Y nos imaginamos a nuestras hijas bajo el regazo de su madre; de la caricia sobre una mejilla infantil, de los primeros pasos, de una papilla sin terminar, de los pañales de algún tamaño incierto o de un abrazo sorpresivo. Nos han comido las palabras por que la semilla de su corazón no germina, no dará fruto ni sombra, ni sol.

Y en el aire suspendido quedó un nombre que no se pronunciará jamás; y en el olvido se sostendrá la niña de sus ojos que no verán un atardecer, una ola, una cresta de sal que rompe el mar; no habrá luz para su infancia, ni quimeras, ni maletas de viaje, ni sueños que despertar; y en la memoria quedó la suerte de su vida en forma de estadística, en una tumba que se llama tumba. Y ella sin nombre, tan niña, tan nada.

– Una niña recién nacida ha sido abandonada a su suerte y sus dos horas de vida merecen luto: fin de la transmisión. No hay más que contar por el día de hoy- ha dicho el mismo hombre de voz tensa a través de la radio. Las horas siguientes no fueron las mismas de siempre, aunque la radio siguiera encendida.

 

 

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