El inicio del Mundialito 2026 en Culiacán llega como una bocanada de aire fresco necesaria para la ciudad.
No se trata únicamente de balones rodando ni de niños soñando con pisar una cancha mundialista; se trata de abrir una puerta que durante mucho tiempo ha estado cerrada para muchos: la oportunidad.
Porque en una ciudad marcada por episodios prolongados de violencia, apostar a favor de la niñez no es un gesto simbólico, es una estrategia de fondo.
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El deporte no resuelve todo, pero genera integración y disciplina. Le da sentido al tiempo libre, genera pertenencia y, sobre todo, construye comunidad. Y eso, en lugares donde el tejido social ha sido lastimado, vale oro.
El Mundialito no solo ilusiona, sino que también ocupa espacios. Canchas que antes estaban vacías hoy tienen vida. Colonias que antes se asociaban con miedo hoy empiezan a vincularse con valores como el esfuerzo y la convivencia, y ahí está la verdadera cancha donde se está jugando: la de la prevención.
En Sinaloa se está apostando fuerte a esta ruta. No es casualidad. Es entender que la seguridad no solo se construye con patrullas, sino con oportunidades. Que cada niña o niño que entrena, que se disciplina, que sueña, es un terreno ganado a la violencia.
Claro, tampoco hay que romantizar. Un torneo no cambia la realidad de un día para otro. Se necesita inversión sostenida, continuidad, seguimiento y evaluación de resultados.
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Al final, lo más valioso no es si algunos niños llegarán al Mundial. Lo verdaderamente importante es que todos tengan la posibilidad de jugar su propio partido en mejores condiciones.
Los niños y niñas son lo mejor que tenemos y cuidarlos hoy es construir el Sinaloa de mañana.