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En el anuario de notas periodísticas, hay algunas historias que están fijas desde hace varias décadas. La mayoría de los medios de comunicación en Sinaloa ya...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

En el anuario de notas periodísticas, hay algunas historias que están fijas desde hace varias décadas. La mayoría de los medios de comunicación en Sinaloa ya tienen anotadas las fechas de ciertas notas que son inamovibles: la llegada de la temporada de lluvias, la aprobación del subsidio a la energía eléctrica, el estado de las presas, las vedas camaroneras y, por supuesto, las protestas de los productores agrícolas (especialmente de maíz).

El problema de la comercialización del maíz y los esquemas de apoyos tienen décadas. No hay manera de resolver ese problema de una vez por todas. En cada administración, el problema cambia, pero el resultado es el mismo: los productores no están conformes y salen a protestar hasta que el gobierno los atienda. Es un ciclo que no tiene fin.

Platicando con algunos productores de maíz, les hice la pregunta de por qué siguen con un cultivo que los hace pasar por tantas dificultades al momento de la comercialización. Tras sus respuestas, comencé a comprender más lo complejo del tema. No solo se trata de cambiar qué cultivo eligen; las consecuencias de esos cambios pueden ser peores que las penurias que hoy tienen. Aquí comparto algunos de los argumentos que me hicieron mucho sentido:

La superficie de siembra destinada al maíz en Sinaloa ronda los promedios de 400 mil hectáreas (dependiendo del año). El total de toda la superficie de siembra es de 700 mil hectáreas. Es decir, ni sumados el resto de los cultivos alcanzan al maíz. En caso de que el 10 % de la superficie destinada al maíz (40 mil hectáreas) fuera destinada a otros productos, esa misma acción desplomaría los precios del cultivo alterno. El frijol, el garbanzo y el sorgo (los productos que siguen en número al maíz) reportan superficies de 40 000 hectáreas en promedio anual. Cambiar el 10 % del maíz a cualquiera de esos cultivos acabaría con el mercado de ellos.

Otro de los argumentos tiene que ver con los costos de inversión por hectárea. Mientras el maíz tiene un costo de 50 mil pesos en promedio, otros cultivos como la papa (250 mil pesos), el tomate (180 mil pesos), el chile (100 mil pesos) o las berries (más de un millón de pesos) son mucho más elevados. Esos costos, sumados a la falta de acceso a créditos, vuelven inviable el cambio de siembra para muchos de los productores.

El gobierno es otro de los motivos principales por los que los agricultores se mantienen fieles al maíz. Durante décadas (y con algo de razón), los gobiernos decidieron que el maíz era un tema de seguridad nacional. Dadas las condiciones de nuestra dieta, el consumo del maíz en todas sus presentaciones está directamente ligado con el funcionamiento de la economía nacional, sobre todo en el tema inflacionario. Una escalada en los precios de la tortilla ante la falta de insumos para su fabricación podría ser letal para el bolsillo de millones de mexicanos. Ante esa disyuntiva, los gobiernos optaron por promover la siembra de maíz, garantizando apoyos sobre otros productos.

Los productores comentan que, bien o mal, sembrar maíz les da un piso mínimo, debido a que el gobierno no puede permitir la caída de la producción de ese producto por el riesgo político que eso conlleva para cualquier régimen. Las consecuencias de dejar de sembrar maíz serían quedar en manos plenamente del mercado, pudiendo existir años en que, ante la escasez, la tortilla se dispare hasta los 50 pesos por kilo.

En resumen, el maíz no es solo un cultivo en Sinaloa: es un pilar económico, social y político que sostiene a miles de familias y estabiliza la canasta básica nacional. Cambiarlo masivamente implicaría riesgos impredecibles en precios, empleo rural y seguridad alimentaria, sin garantías de que los cultivos alternos absorban la oferta ni compensen las inversiones requeridas. Por ello, las protestas anuales no son capricho, sino la expresión de un sistema que, aunque imperfecto, ofrece la única red de contención viable para los productores.

Queda claro que resolver el problema del maíz exige más que subsidios reactivos o promesas electorales: requiere planeación estratégica, diversificación gradual con apoyo técnico y crediticio, y mercados alternos que no colapsen ante el volumen sinaloense. Mientras no exista esa visión integral, el ciclo de siembra, cosecha y manifestación seguirá marcando el calendario periodístico —y la vida— de la entidad.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Sin Maíz no hay país?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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