Los motes

Esta semana salió a relucir a través de medios formales y redes sociales el asunto de los motes despectivos y discriminatorios a personajes de la política e incluso miembros de sus familias menores de edad.

La práctica es nada nueva, era parte de la picaresca política e incluso la única forma de desquite de la gente ante los excesos de los gobernantes. Pero nunca había alcanzado los niveles actuales.

En mi ejercicio periodístico jamás he utilizado ningún mote para descalificar a persona alguna. Ni los que dice el Presidente de la República a sus detractores, ni los que éstos les aplican al mandatario y a su familia. Tampoco los que se endosan entre simpatizantes de uno y otro bando.

Siempre me ha parecido que eso resta seriedad y calidad al mensaje y empequeñece al comunicador. Eso es lo que pienso, seguro otros piensan diferente y tienen sus propios argumentos, de los que soy muy respetuoso.

En cuanto a los apodos y motes que aplica el Presidente, creo que hacerlo desde su alta responsabilidad demerita la investidura presidencial y no solo no ayuda para nada al proceso de la ansiada conciliación del país, sino que ahonda la polarización de la sociedad.

Esta semana se trató del caso del apodo endilgado al hijo menor del Presidente y de su esposa Beatriz. Algo deleznable desde cualquier desde cualquier punto de vista.

Igual me parecieron reprobables los calificativos hacia la esposa del entonces presidente Enrique Peña Nieto y sus menores hijos.

Tampoco estoy de acuerdo con la hipocresía que muestran quienes ayer promovieron el odio a través de la aplicación de esos motes a la familia presidencial, y hoy ponen el grito en el cielo porque otros lo hacen con el hijo de la pareja que vive en Palacio Nacional.

Tan despreciable era esa práctica entonces, como lo es ahora. El que las víctimas de ayer sean los victimarios de hoy tampoco es un justificante. Muestra una postura, arriba y abajo, ruin, mezquina y primitiva, que debe reprobar y abandonar el propio Andrés Manuel López Obrador.

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