El mundo no es una historia de televisión. En la televisión, la mayoría de los problemas se resuelven a lo largo de un capítulo; eso no pasa en la vida real, al menos no en Sinaloa. Recuerdo en mi niñez un capítulo de Los Simpsons de los especiales de Halloween. En esos especiales se contaban tres historias sin conexión entre sí. La mayoría de esas historias eran parodias de películas antiguas o leyendas populares.
La historia en particular a la que me refiero se llama El ataque de los monstruos de 50 pies. El cuento era muy sencillo. Un día, un rayo impactó los anuncios espectaculares y los personajes en ellos cobraron vida. Durante algún tiempo los monstruos aterrorizaron a Homero y a todo Springfield. Por todos lados de la ciudad había caos y destrucción. Nadie podía salir de sus casas por temor a ser devorados o asesinados por aquellas figuras terroríficas. Había incendios, muerte, caos, y las autoridades no tenían idea de qué hacer.
No recuerdo muy bien, pero seguramente fue Lisa quien pensó una idea para derrotar aquella pesadilla. Pidió a todos los habitantes del pueblo amarillo que comenzaran a ignorar a los monstruos sin importar el tamaño de la destrucción. En un par de días, el pueblo de Springfield comenzó a ignorar los destrozos de los monstruos y a los monstruos mismos. Decidieron voltear para otro lado. El plan funcionó. Los monstruos comenzaron a caer uno por uno hasta no quedar ninguno en pie.
En el mundo real, los sinaloenses decidimos utilizar un plan similar al de la familia Simpson: frente a nuestros propios monstruos, tanto sociedad como gobierno, tomamos la decisión de ignorar la destrucción y la muerte. A diferencia de Springfield, en Culiacán voltear para otro lado no ha solucionado nada. Durante más de un año, poco a poco nos hemos acostumbrado a girar nuestra atención a otra parte. No estamos mejor que cuando comenzó la guerra. La semana pasada siguieron los incendios, asesinatos de adolescentes, feminicidios, desaparecidos, etc. Nuestros monstruos siguen más vivos que nunca. A diferencia de los monstruos de la televisión, los nuestros no desaparecen por ignorarlos; al contrario, nuestra indiferencia los ha fortalecido.
Si la sociedad sinaloense decidió vivir con la violencia y decide ignorarla, las autoridades lo hacen con mucho mayor gusto y placer.
Nuestras autoridades, como aquellos personajes inmóviles de los anuncios espectaculares, parecen haber cobrado vida únicamente para repetir discursos vacíos y fotografías con sonrisas impostadas. Caminan entre los escombros sin verlos, posan frente a cámaras que nunca captan el miedo de fondo y se apresuran a declarar que “todo está bajo control”. En este guion improvisado, la simulación se convirtió en la única política pública consistente.
Mientras tanto, los ciudadanos hemos optado por una especie de rutina de supervivencia emocional. Seguimos con nuestras vidas como si nada, aunque cada día carguemos una lista más larga de historias que preferimos no contar. Aprendimos a distinguir entre tronar de cohetes y detonaciones, entre un retén “bueno” y uno “malo”, entre la hora de salir y la hora de encerrarnos. En cualquier otro lugar del país esto sería un escándalo; aquí es simplemente martes.
Lo más triste es que comenzamos a normalizar también la pérdida de esperanza. Dejamos de exigir, de preguntar, de reclamar. Si acaso, nos limitamos a murmurar un “ojalá que no me toque a mí” mientras repetimos la coreografía social del silencio. Así, los monstruos modernos que nos acechan no necesitan fuerza descomunal ni rayos mágicos: les basta nuestra resignación, que es el alimento más abundante y barato que hemos puesto sobre la mesa.
Los monstruos de Springfield desaparecieron cuando nadie les prestó atención; los de Sinaloa, en cambio, crecen cada vez que dejamos de mirar. No se irán solos y no se disolverán por arte de magia. Mientras sigamos eligiendo la indiferencia como estrategia, seguiremos viviendo en un episodio interminable donde el caos es permanente y la esperanza escasea. Enfrentar a nuestros monstruos no garantiza que desaparezcan, pero ignorarlos asegura que nunca se irán.