“A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado…”.
Dante Alighieri – Divina Comedia
Los últimos 15 días a Culiacán lo he sentido en un estado de sobrevivencia, cuesta procesar todo lo que hemos estado viviendo: asesinados, desmembrados, levantados, amenazados, familias esperando respuestas y ciudadanos tratando de trabajar como si vivir aquí no implicara calcular riesgos todos los días.
Se vive un cansancio mental no solo por lo que pasa, sino por la REPETICIÓN. La sensación de que cada hecho brutal se integra demasiado rápido a la rutina. Como si cada semana nos pidiera un nuevo nivel de resistencia emocional para poder seguir funcionando en un sistema totalmente endémico, en donde la violencia dejó de sentirse como una ruptura y empezó a operar como clima, como paisaje, como una condición diaria de existencia.
Dante, en su Divina Comedia, imaginó el infierno como una estructura ordenada: nueve círculos donde cada nivel representaba una forma distinta de condena. No era solo fuego, castigo o dolor. Era una manera de explicar cómo se degrada el alma humana cuando la violencia, la traición, la avaricia o la corrupción toman el control. Culiacán, en estos días, también parece moverse así. No porque vivamos una metáfora literaria, sino porque la realidad ya se siente organizada por capas de miedo: no se llega de golpe al círculo más profundo. Se desciende poco a poco, normalizando cada nivel de violencia, miedo y pérdida, hasta que lo extraordinario deja de sorprender y se convierte en costumbre.
En Culiacán, los círculos no están bajo tierra. Están en la superficie. No se recorren después de morir. Los recorremos vivos: en los espacios públicos, en nuestras casas, en las noticias, en los grupos de WhatsApp y redes sociales. En los silencios y en la simulación del poder. En el miedo cotidiano.
Por eso quise reinterpretar los nueve círculos del infierno desde lo que vivimos aquí: no como pecado individual, sino como sistema. Porque cuando el narco deja de ser únicamente un grupo criminal y se convierte en una forma de operar, de gobernar, de hacer dinero, de callar, de sobrevivir y hasta de convivir, entonces ya no hablamos solo de violencia. Hablamos de una ciudad aprendiendo a vivir en el infierno.
El limbo de los desaparecidos. Personas que salen y nunca regresan. No están vivas. No están muertas. No están. Sus familias quedan suspendidas en una espera imposible, en una pregunta que no termina, en una ausencia que no permite cerrar nada. Aquí el castigo no es el dolor de la pérdida, sino el de la ausencia eterna.
El miedo que se hereda. Las rutas que ya no se usan. Los horarios que se evitan. Todas las puertas que se cierran temprano o que nunca se vuelven a abrir. Familias que bajan la voz. Niños que aprenden a cuidarse, que evitan transitar solos por su comunidad. Ese miedo ya no necesita una balacera para existir. Ya vive en nosotros. Nos organiza. Nos limita. Nos educa. Aquí el infierno es vivir anticipando el golpe. En este mismo círculo también caben quienes todavía intentan trabajar. Negocios amenazados. Familias que denuncian y aun así viven con miedo. Ciudadanos que cumplen con su parte y descubren que la protección prometida muchas veces termina reducida a una recomendación: bajar el perfil, esconderse, esperar. Cuando trabajar honestamente comienza a sentirse como un riesgo, el problema ya no es un hecho aislado. Es parte del sistema.
Las familias que buscan. Madres, padres, hermanas. Personas que aprendieron a buscar con palas, con fotos, con fe. Familias que no pueden dejar de buscar porque detenerse sería aceptar lo inaceptable. Caminan donde otros no quieren mirar. Preguntan donde otros prefieren callar. Resuelven incluso ante la revictimización. Aquí el infierno es no poder dejar de buscar.
Los inocentes asesinados. Gente sin problemas. Sin enemigos. Sin deudas. Personas que salieron a trabajar, a estudiar, a comprar algo, a acompañar a alguien. Las balas no preguntan y las familias se quedan con ausencias. En esta guerra, en esta ciudad, a veces el único “pecado” es haber estado ahí. Y eso debería bastar para rompernos.
Los feminicidios. Mujeres asesinadas por control, por odio, por poder. Los casos minimizados y traen con ello una justicia tardía o bien, un silencio institucional. Aquí las muertes de las mujeres muchas veces se intentan absorber dentro de la narrativa del narco, como si el contexto criminal borrara la violencia de género o la hiciera menos urgente. Aquí el infierno es saber que pudo evitarse.
La barbarie. Cuerpos mutilados. Violencia extrema. Crueldad exhibida. No para matar solamente. Para mandar mensajes. Para sembrar miedo. Para demostrar control. Para convertir el horror en espectáculo público. Aquí el infierno es cuando el miedo se vuelve espectáculo.
Más abajo, la sociedad omisa. Todas y todos aquellos que sabían, que callaron y que ganaron con ellos. La fiesta, el consumo, la bonanza; todo quedaba reducido a “no es mi problema”. La idea cómoda de que mientras no nos toque, podemos seguir beneficiándonos de ello. La costumbre de mirar a otro lado hasta que el horror se acerca a nuestra puerta. Aquí el infierno es haberlo permitido y olvidar.
Después están los narcos y lavadores. El dinero es su única ley. La ganancia es su religión. Los negocios que se convierten en fachada, incluyendo empresarios “respetables”. El capital queda limpio por fuera, pero la sangre está por dentro. Durante años, muchas fortunas crecieron mientras la ciudad aprendía a no preguntar demasiado. Aquí el infierno es convertir la sangre en factura.
Y al final, están los políticos corruptos. Aquí está toda autoridad que pacta con el narco. Los permisos para operar. La simulación y los silencios comprados. Quienes no dispararon, pero abrieron la puerta. Quienes no aparecen en la escena del crimen, pero ayudaron a construir el escenario. Aquí el infierno es haber traicionado a la comunidad.
Durante años se habló de una “pax narca”. Se dijo que era normal. Que había tranquilidad. Que así funcionaban las cosas. Que si uno no se metía con nadie, nada pasaba. Pero pasó. Y sigue pasando.
El infierno no empezó con balas. Empezó mucho antes: con silencios. Con permisos. Con miedo. Con dinero. Con autoridades que no ven. Con ciudadanos que preferimos no preguntar. Con una ciudad entera aprendiendo a justificar lo injustificable para poder seguir.
Durante años pensamos que el problema eran ellos: los narcos. Los políticos. Los corruptos. Los asesinos. Y sí, lo son. Pero ningún infierno funciona solo con demonios. También necesita espectadores. Necesita silencios. Necesita costumbres. Necesita personas que terminen aceptando como normal lo que nunca debió serlo.
Por eso la salida no empieza cuando capturen al último criminal ni cuando llegue el próximo gobierno. Empieza cuando dejamos de normalizar. Cuando dejamos de justificar. Cuando dejamos de acostumbrarnos.
Querido Culiacán, la expiación no consiste en cargar culpa eterna. Consiste en reconocer dónde estamos parados y entender que, si queremos salir del infierno, primero tenemos que aceptar que también vivimos dentro de él, y empezar a preguntarnos y a buscar la respuesta de cuándo y cómo vamos a salir de él. Ningún círculo se rompe solo. Y ninguna ciudad sale del infierno mientras siga llamándole tranquilidad al miedo.