Son 12 meses que Sinaloa no olvida. No se trata solo de contar muertos o desaparecidos, sino de un año en el que la violencia se metió a las casas, a las calles y a la rutina diaria.
La guerra del narco no solo dejó cifras, dejó heridas que duelen en silencio y que pocas veces alcanzan a reflejarse en las estadísticas de seguridad.
Lo más duro está en la silla vacía de la mesa, en la madre que ya no duerme igual, en el niño que aprendió demasiado pronto a tirarse al piso cuando escucha disparos.
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En este tiempo hemos cambiado. Somos más precavidos, desconfiamos más, nos movemos distinto, celebramos distinto. Hemos normalizado cosas que nunca debieron ser normales: las ráfagas a cualquier hora, la noticia de un desaparecido, la ruta que hay que modificar para evitar un riesgo. Esa adaptación, necesaria para sobrevivir, tiene un costo: nos arriesgamos a volvernos insensibles ante el dolor ajeno.
También es cierto: como sociedad tenemos responsabilidad. Por acción o por omisión, por cerrar los ojos o aceptar el dinero fácil que se filtra en fiestas, negocios o patrocinios. Esa complicidad silenciosa, a veces disfrazada de conveniencia, ha debilitado nuestra capacidad de exigir un cambio real.
Pero no todo es resignación. La resistencia también existe: las marchas por la paz, los colectivos de búsqueda que se niegan a callar, los vecinos que se organizan para protegerse entre sí. Son señales de que Sinaloa no está derrotado, de que hay una fuerza viva que insiste en levantarse, aunque el camino sea largo.
Desde lo institucional también se han hecho esfuerzos por recuperar la vida comunitaria. En Culiacán, por ejemplo, el gobierno ha apostado a la promoción del deporte y la convivencia familiar, generando espacios que invitan a la integración social.
El nuevo Parque Lineal, bajo el concepto “Sendero Seguro”, en el bulevar Agricultores, es una muestra clara de ese esfuerzo. Más que un espacio para caminar, correr o andar en bicicleta, busca convertirse en un punto de encuentro para las familias en una de las zonas con mayor incidencia delictiva de la ciudad.
Ahí, donde por años predominó la violencia, hoy Culiacán apuesta por reconciliarse, creando un lugar que invita a la convivencia y que simboliza la posibilidad real de sembrar paz en medio de la adversidad.