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Llamadas de humo

Aparentemente conjurada (por ahora) la amenaza de intervención estadounidense en suelo mexicano —al menos mientras Trump esté ocupado con Irán y Groenlandia—, la presidenta Claudia Sheinbaum...

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Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Aparentemente conjurada (por ahora) la amenaza de intervención estadounidense en suelo mexicano —al menos mientras Trump esté ocupado con Irán y Groenlandia—, la presidenta Claudia Sheinbaum informó ayer sobre una nueva llamada telefónica con su homólogo norteamericano. Con esta ya suman 15 conversaciones telefónicas entre ambos mandatarios, además de un breve y casi protocolar encuentro personal durante el sorteo del Mundial de la FIFA en Washington. Una vez más, la presidenta calificó la plática —como en las 14 ocasiones anteriores— de “muy productiva”, desarrollada “en un marco de respeto y formalidad”, y aseguró que la relación bilateral “no podría estar mejor”. Sin embargo, al igual que en todos los episodios previos, la llamada sirvió más para ganar tiempo que para resolver los problemas de fondo.

Se ha convertido en costumbre que el gobierno mexicano recurra a estas conversaciones de alto nivel para intentar atenuar las decisiones unilaterales de Estados Unidos. Lamentablemente, para la mayoría de los mexicanos, esas llamadas han terminado siendo poco más que anuncios de humo: generan titulares optimistas, pero los asuntos centrales que las motivaron siguen sin solución concreta ni acuerdos vinculantes. En su momento, México tuvo que soportar la primera oleada de aranceles al acero y aluminio impuestos bajo el argumento de “seguridad nacional”.

La presidenta realizó una llamada para abordar el tema y luego anunció que había sido “muy fructífera” y que sentaba las bases para un acuerdo en el corto plazo. Casi un año después, los aranceles permanecen plenamente vigentes y no se avizora una solución cercana. Semanas más tarde surgió la restricción a las exportaciones de ganado en pie por la detección del gusano barrenador. Nuevamente, la presidenta tomó el teléfono.

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La respuesta fue la misma de siempre: “la llamada fue muy productiva y en los próximos días la frontera se abrirá para el ganado mexicano”. Como ya sabemos, eso no ocurrió. La frontera se abrió apenas por unos días y volvió a cerrarse. Hasta la fecha, los ganaderos del norte del país siguen a la espera de una reapertura real y sostenida. El patrón se repitió con las restricciones aéreas impuestas por el Departamento de Transporte de Estados Unidos en julio y octubre de 2025.

Tras acusaciones de incumplimiento al acuerdo bilateral de aviación de 2015 —por la reducción de slots en el AICM y el traslado forzoso de carga al AIFA—, Washington canceló 13 rutas actuales o planeadas de aerolíneas mexicanas (Aeroméxico, Volaris y Viva Aerobus) hacia destinos clave como Nueva York, Los Ángeles, Miami y varias ciudades texanas, además de congelar cualquier expansión de servicios desde los aeropuertos de la Ciudad de México.

La presidenta Sheinbaum abordó el tema en llamadas subsiguientes, calificándolas como “constructivas” y asegurando que se avanzaba hacia una resolución técnica. Sin embargo, las limitaciones persisten, afectando el flujo de turistas (que representan cerca del 70% del mercado internacional) y complicando la preparación para el Mundial 2026. Más grave aún, estas medidas han impuesto requisitos adicionales a las aerolíneas mexicanas: presentación obligatoria de horarios para aprobación previa del DOT estadounidense y amenazas de prohibir servicios combinados de pasajeros y carga. Una vez más, las conversaciones telefónicas sirvieron para mitigar el impacto inmediato y proyectar diálogo, pero no han logrado revertir las restricciones unilaterales ni restaurar el acceso pleno al mercado aéreo binacional. El sector turístico y las propias aerolíneas mexicanas continúan pagando el precio de una diplomacia que prioriza la narrativa sobre los resultados tangibles.

Este patrón se repite con preocupante regularidad: llamadas presidenciales que calman las aguas momentáneamente, proyectan una imagen de control y diálogo, pero dejan intactos —o incluso agravados— los daños económicos y la percepción de debilidad ante la presión unilateral de Washington. En conclusión, estas 15 llamadas —y las que vendrán— han servido fundamentalmente para vender humo a la opinión pública y ganar tiempo en la arena diplomática, pero no para resolver de manera sustantiva ninguno de los problemas estructurales que las originaron. Mientras los sectores productivos más afectados (siderúrgicos, ganaderos, aero-turísticos) siguen asumiendo costos reales y cuantiosos, la estrategia oficial parece reducirse a una gestión de crisis permanente basada en optimismo verbal.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Humo en las llamadas o llamadas de Humo?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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