Entré a LinkedIn la semana pasada después de mucho tiempo sin abrirlo. En un lugar donde esperaba voces, solo encontré ecos. El mismo recurso de la pregunta retórica al inicio, la misma pausa dramática en el segundo párrafo y el mismo cierre con aire de maestro ancestral. Si tapas los nombres te aseguro que no vas a encontrar diferencia.
¿En Facebook? Lo mismo. Personas que jamás publicaban nada ahora comparten reflexiones con elocuencia de coach motivacional. Manejando por las calles de Culiacán lo veo también: espectaculares con los mismos tonos de color, la misma iluminación sepiosa, la misma tipografía -al menos ya lo que me distrae no es la mala ortografía. En serio, ya todo se parece tanto, que el ojo ignora antes de leer el mensaje, algo así como lo que nos pasaba con los anuncios pop-up de Internet de finales de los 90s.
El escritor Alan Moore (V de Vendetta, Watchmen, From Hell) sostiene que el arte y la escritura son, en esencia, magia. Que las palabras tienen el poder literal de moldear la realidad al alterar la conciencia de quien lee.
Si esto es cierto, y creo que sí lo es, entonces la pregunta que deberíamos hacernos ya ni siquiera es estética. No es si el texto suena bonito o si el diseño está bien ejecutado.
La pregunta entonces es, si todos escribimos lo mismo, con las mismas palabras, las mismas estructuras, las mismas ideas generadas por la misma máquina, ¿qué realidad estamos moldeando?
En La guía del viajero intergaláctico, Douglas Adams construye uno de los mejores chistes filosóficos de la literatura: la computadora más poderosa del universo tarda millones de años en calcular la respuesta a la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todo lo demás. La respuesta es 42. Correcta e inútil. Nadie supo formular bien la pregunta.
La inteligencia artificial hace exactamente eso: responde con alta precisión -cada vez mejor- lo que le pides. Si le pides que suene como todos, va a sonar como todos. Si no le das criterio, te devuelve el promedio de todo lo que ya existe. El problema es que el promedio es justamente eso.
Lo sé porque me pasó a mí. En los inicios de la IA generativa, me apoyé en ella para dar estructura a una presentación de negocios. En el momento de mostrarla al cliente, el horror. La herramienta entregó más de lo solicitado: datos que no habían sido parte de lo que le pedí, información que simplemente alucinó. La corrección la hice en vivo, frente al cliente. No se acabó el mundo, pero fue un poderoso aprendizaje para mí: El criterio no se delega.
Uso ChatGPT, Claude, Gemini, Grok y Perplexity a diario. Creo que todo profesional debería pagar al menos una membresía de una de éstas. Y creo con la misma convicción que todo lo que esa membresía produce debe ser auditado, cuestionado y validado por ti.
Todos usaron la misma herramienta. Todos obtuvieron básicamente el mismo resultado.
La IA no reemplaza el buen juicio, más bien te va a exigir más. Porque cuando la herramienta puede producir en un chasquido lo que antes tomaba horas, la diferencia entre lo genérico y lo memorable ya no está en el acceso a la tecnología, está en lo que decides pedirle. Y más importante aún, en lo que eres capaz de evaluar cuando te lo entrega.
Cory Wong grabó Starship Syncopation con la Metropole Orkest: más de cincuenta músicos, una de las orquestas de jazz más importantes del mundo. Tenía a su disposición el conjunto musical más poderoso que un guitarrista puede imaginar. Con todo y eso el disco suena inconfundiblemente a él. No se perdió entre el mar de sonidos. El mar bailó a su compás.
Eso es lo que separa a quien usa una herramienta de quien es usado por ella.
Si el lenguaje, como dice Alan Moore, moldea la realidad, entonces esa voz importa. Tu criterio importa. Tu experiencia acumulada importa. No porque la IA no pueda escribir, lo hace de maravilla, sino porque sin ti en el centro, lo que produce no moldea nada. Solo produce ecos.
Tu voz, tu criterio, tu historia: eso no se genera. Lo construyes.
La canción de esta columna:
“Starship Syncopation” — Cory Wong & Metropole Orkest (2024)
Funk fino más una orquesta completa. Cincuenta músicos al servicio de una voz que nadie confunde con otra.