Las tragedias desnudan

Una desgracia como la que se registró hace una semana en Culiacán, en la que perdió la vida una jovencita de 17 años a la que se la tragó una alcantarilla que irresponsablemente no fue tapada pese a la petición de ciudadanos a las autoridades municipales, pudo haberse registrado en cualquier ciudad.

Pero sucedió ahí. De hecho hace meses un niño perdió la vida en una situación similar en Los Mochis y el año pasado tres mujeres murieron en la capital del estado a consecuencia de obras hidráulicas desde hace mucho exigidas y siempre postergadas por el municipio.

Lo que no se vale es la insensibilidad mostrada por el alcalde de Culiacán, Jesús Estrada Ferreiro, en este caso, quien en momentos tan dramáticos arremetió contra los ciudadanos a quienes culpó de las inundaciones, pretendiendo lavarse las manos ante la fatalidad.

Eran momentos de necesaria solidaridad con los deudos de la víctima y respuestas prudentes a la sociedad que reclamaba por esos hechos que pudieron prevenirse.

Los culiacanenses requerían en esa dolorosa circunstancia respuestas dignas de un líder, de un guía, de alguien en quien pudieran confiar ante una calamidad, no de un buscapleitos de barrio despótico, desmesurado y evasivo. Esa oportunidad la dejó ir el alcalde.

El gobernante reaccionó beligerante, contra todo y contra todos, desparramando culpas, olvidándose que hoy está al frente de los poderes municipales, y que lo sucedido de una u otra forma le compete.

Que incluso en la omisión de atender el llamado de los vecinos en su momento para corregir la falla tiene responsabilidad, como jefe del ejecutivo.

Dirán que son estilos de gobernar, pero no. Este tipo de situaciones son consecuencia de la improvisación, de la incapacidad, de la falta de sentido común, de la soberbia de quienes llegan al poder de botepronto, sin esperarlo, sin tener la más remota idea de lo que es el gran privilegio que es estar en el servicio público.

El que respondió tan iracundo y arrogante ante un hecho tan infausto fue el Estrada Ferreiro auténtico. La corrección llegó horas después, tarde y por lo tanto sonó coyunturalmente convenenciera y además falsa.

Un gobierno, de cualquier nivel, trasciende en función de la obra material que realiza, sí, pero además por la seriedad de sus acciones, la solidaridad con sus gobernados ante la desdicha, la formalidad de sus dichos y la empatía de sus decisiones con los ciudadanos.

No hay duda: las tragedias desnudan. Dejan ver en su genuina dimensión la pobreza, la miseria, las carencias, las omisiones, las incapacidades, y también el nivel de los gobernantes.

Que tampoco una tragedia de esta magnitud sirva para medrar políticamente desde cualquier espacio, pero sí para que la ciudadanía dimensione el impacto de sus decisiones, para que el gobierno corrija tan desafortunadas posturas y tan costosas fallas y tome medidas a fin de que jamás se repitan.

También para que si hay culpables en esta criminal omisión, éstos reciban la sanción que les corresponda.

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