A principios de abril, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo un anuncio verdaderamente sorprendente: su interés por evaluar la utilización del fracking para aumentar la producción de petróleo y gas natural en nuestro país; combustibles fósiles en los cuales tenemos una enorme dependencia. Esta posición resulta particularmente significativa porque la 4T siempre ha estado en contra del uso de esta tecnología. Durante su sexenio, el presidente AMLO fue enfático y contundente: fue de un no rotundo al uso del fracking.
Desde inicios del Siglo XXI, el fracking es una tecnología innovadora, que en EU se ha venido aplicando de manera intensiva y con resultados impresionantemente exitosos. De ser un país vulnerable, a gran escala dependiente de las importaciones de petróleo, en tan solo 2 décadas ya se convirtió en el principal productor a nivel mundial, superando a Arabia Saudita y Rusia. Con el uso de esta técnica también se ha consolidado como el principal productor de gas natural, el más barato del planeta.
El fracking es una tecnología relativamente nueva, no convencional. Consiste en inyectar importantes volúmenes de agua a gran presión, utilizar arena y químicos para romper rocas no porosas en el subsuelo; para provocar su fractura y así poder liberar el petróleo y el gas natural que en ellas se encuentran atrapados. Pero existe un enorme debate y una interminable polémica al respecto. A nivel internacional se ha expresado una fuerte oposición por el eventual daño ambiental que puede provocar; un rechazo por la gran cantidad de agua que utiliza; por el posible riesgo de contaminación de los acuíferos; por el daño a la salud en las comunidades cercanas; y por la emisión de metano que genera, un gas de efecto invernadero que acelera el cambio climático.
El problema real de México es la enorme dependencia que tenemos en materia energética. En este ámbito se habla mucho de soberanía nacional. Sin duda, somos los campeones mundiales en la retórica y el discurso nacionalista. Pero los hechos y la realidad ya no permiten sostener esta posición ideológica.
Hoy en día, desde EU importamos el 50% de la gasolina y el diésel que consumimos. Desde Texas importamos el 75% del gas natural que necesitamos para la generación de electricidad y la operación de las empresas. Somos en extremo tan vulnerables que, si el vecino del Norte nos cierra la llave del gas, en sólo 2 días se paralizaría prácticamente nuestra planta productiva.
La semana pasada, la presidenta Sheinbaum convocó a un grupo de expertos de la UNAM, del Instituto Politécnico Nacional y otras universidades, para que evalúen los potenciales riesgos y beneficios que traería consigo la aplicación del fracking en México. Tendrán un plazo de hasta dos meses para presentar sugerencias y conclusiones.
Para impulsar una reforma de gran calado en el sector energético, las valoraciones desde la academia definitivamente resultarán valiosas. Pero acaso lo más importante será la capacidad política del oficialismo para cambiar el diseño institucional de esta industria estratégica; y la aceptación de nuevas reglas para alentar la participación de los empresarios privados. No será una tarea sencilla y hacerla implicaría un cambio político radical, de 180 grados.
Optar por la utilización del fracking, teniendo a PEMEX como el actor básico y dominante, tal vez no sea la mejor base para poder avanzar, con la certeza y rapidez que se requiere.
PEMEX no se encuentra a la altura de un reto de estas dimensiones. No tiene la experiencia ni cuenta con las capacidades productivas para desarrollar el fracking. Durante el sexenio pasado, el gobierno federal le inyectó 2.4 billones de pesos pero nuestra producción petrolera ha declinado. Hoy en día es la empresa petrolera más endeudada del mundo; sin capacidad de pago a sus proveedores; con frecuentes accidentes en su operación; una empresa pública cada vez más contaminante.
Para desarrollar el fracking en México se van a requerir cuantiosas inversiones; recursos financieros por varias decenas de miles de millones de dólares. Son enormes recursos que no tiene PEMEX; y que no será posible financiar a través del limitado presupuesto federal.
Para poder alcanzar los resultados que se requieren con urgencia, el gobierno de la presidenta Sheinbaum tendrá que cambiar las reglas del juego y abrir al sector privado la industria petrolera y eléctrica. Esto suena a una verdadera herejía en el credo político de la 4T, pero si no logra romper con sus barreras ideológicas, México seguirá expuesto y vulnerable, ante la preocupante dependencia energética que tenemos.
Con toda claridad, el actual conflicto bélico en el Medio Oriente expresa los grandes riesgos geopolíticos que ahora se reflejan a nivel global. En México necesitamos reaccionar y tomar las mejores decisiones. Ya no podemos seguir ensimismados, atrapados en eternos y falsos dilemas ideológicos.