El futbol moderno se ha empeñado en demostrar que los escudos ya no ganan partidos por puro peso específico. En este arranque de la Copa Mundial 2026,
el libreto tradicional ha volado por los aires. Mientras algunas selecciones sin aparente linaje están dictando cátedra de orden y personalidad, varios de los gigantes teóricos de este deporte caminan al borde del abismo, devorados por la apatía y la falta de ideas.
Cuando estamos a punto de cubrirse una segunda fecha para todos los participantes –dentro de la primera fase-, el torneo ya nos ha entregado sus dos careas más extremas: las gratas realidades que nadie vio venir y las decepciones mayúsculas que arrastran el fantasma de una eliminatoria histórica.
- Si algo está definiendo esta Copa del Mundo es el descaro de las selecciones africanas y de algunos actores de reparto que no pidieron permiso para robarse el protagonismo.
Digamos que las sorpresas están resultando el orgullo de los “modestos”.
Lo que hizo Cabo Verde en su debut ante España no fue una casualidad, fue un monumento a la resistencia táctica. Con un Vozinha imperial bajo los tres palos, le cerraron los caminos a uno de los ataques más cotizados del planeta. Y el empate contra Uruguay ayer domingo, demuestra que este equipo no vino a pasear, sino a competir de igual a igual en un grupo que parecía prohibitivo.
Sigue las columnas de Luis Alfonso Félix en la sección especial de Línea Directa
Y que me dicen de la República del Congo, al plantarle cara a la Portugal de Cristiano Ronaldo, reponerse de un marcador adverso y quedarse a nada de ganarle por pura convicción física y juego vertical es, sin duda, una de las grandes postales en lo que va del campeonato.
Australia y Costa de Marfil también han acaparado reflectores. Los australianos dinamitaron el grupo “D” al pegarle a Turquía, mientras que los marfileños se vistieron de gigantes al tumbar a Ecuador, demostrando que en el futbol de máxima exigencia la intensidad se premia más que los nombres en el papel.
La otra cara de la moneda es alarmante. Las decepciones hay que calificarlas como el naufragio de la aristocracia futbolística. Con el nuevo formato donde clasifican los mejores terceros, quedarse fuera en la primera fase requiere de una auténtica catástrofe de rendimiento. Y hay dos gigantes que, por el momento, están haciendo méritos para cincelar el desastre.
Por ejemplo, Turquía. Llegaron con la chapa de ser el rival incómodo de Europa, armados con una generación llena de talento técnico en el mediocampo. Sin embargo, encadenar derrotas consecutivas ante Australia y Paraguay los ha dejado en la lona. No suman puntos y tampoco goles. Y si no golean en la última jornada, se irán a casa firmando el fracaso más rotundo de su historia reciente.
Bélgica es otro que ha quedado a deber. Lo que han hecho en el grupo “G” es difícil de digerir. Un empate gris ante Egipto en el debut encendió las alarmas, pero el amargo 0-0 con Irán destapó una crisis de identidad total. Suman apenas dos puntos de seis posibles y muestran una alarmante incapacidad para generar peligro.
El riesgo de quedar eliminados en la última fecha es real, ya que un mal resultado ante Nueva Zelanda los dejaría fuera de los dos primeros puestos y con un puntaje tan bajo que aniquila sus aspiraciones hasta por una tercera plaza.