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La piedad por el territorio, memoria e identidad sinaloense en la obra de Brenda Castro

No es novedad que la empresa transnacional PROMAN lleva años desarrollando en el puerto de Topolobampo la primera planta de amoniaco, un megaproyecto bajo la premisa...

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No es novedad que la empresa transnacional PROMAN lleva años desarrollando en el puerto de Topolobampo la primera planta de amoniaco, un megaproyecto bajo la premisa del aprovechamiento de recursos como el gas natural y de traer desarrollo agrícola e inversión extranjera a Sinaloa. Sin embargo, no queda claro cómo ni por cuánto tiempo estos beneficios se verán reflejados en la sociedad, pues están movilizando a los sinaloenses a manifestarse en contra de su puesta en marcha para prevenir el daño medioambiental que esto puede ocasionar en los manglares y en la fauna, tanto marina como en las aves migratorias que habitan el territorio.

Sin embargo, no es mi intención adentrarme en temas de investigación respecto a los daños ambientales o los índices de desarrollo económico que esto pueda representar; mi interés radica en asociar este momento que estamos atravesando con la obra de una de las artistas sinaloenses contemporáneas más relevantes: Brenda Castro. Su trabajo explora la identidad, no solo gráfica, sino también ideológica, y el territorio, elementos que atraviesan toda su práctica artística.

La coyuntura de la planta de amoniaco nos permite precisamente cuestionarnos el tema central de la obra de Brenda: el territorio. ¿Qué nos hace querer la tierra que nos vio nacer? ¿Qué es eso que la hace tan única, que nos impulsa a defender sus riquezas, su pueblo? ¿Será por el compromiso moral, por el parentesco? No creo, más bien se trata de un fuego interno, de un arraigo, de una forma de habitar el territorio que parte tanto de los hechos históricos como de la experiencia sensible: el viento, el sabor del agua, la humedad de las piedras, el aroma de los manglares, el sonido de las aves.

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Todo aquello que, aunque parezca simple, constituye un patrimonio vivo. Cultura. Eso es lo que nos hace habitar, pensar, actuar y disfrutar como sinaloenses; lo que nos vuelve capaces de ejercer una ciudadanía más consciente sobre nuestro entorno.

Brenda lleva años trabajando el paisaje. Pero ¿qué es un paisaje?

Desde 2016, cuando obtuvo la convocatoria 12×12 Arte Emergente del Museo de Arte de Sinaloa, ya nos hablaba de caminantes que transitan el territorio; de líneas migrantes que llegan a ocupar un espacio y transformarlo mediante el acto mismo de habitarlo. Más tarde, en 2019, poco antes de la pandemia de COVID-19, Brenda se preguntaba: ¿Cuánto mar hay en un desierto? Como respuesta, nos presentó dibujos de sus recorridos por el desierto del noroeste, donde encontró restos fósiles marinos y notas del cielo. Desde la poesía de la línea y el color, su obra nos hablaba del proceso evolutivo del paisaje que hoy nos toca recorrer.

De alguna manera, la obra de Brenda nos invita a estar presentes. No solo en aquella exposición de 2019, sino en muchas otras que ha desarrollado, se apoya en el recurso de la instalación para sumergirnos en el mar, en el cauce de un río o en la experiencia de fluir con el paisaje. Nos invita, en esencia, a habitar el territorio.

Actualmente me encuentro desarrollando la colección de un museo privado y la obra de Brenda tocó en mí la fibra del territorio. Encontré en su catálogo la fotografía Cuerpos echados III, realizada durante su residencia artística en Þórsmörk en Brennidepli, un programa cultural para creadores ubicado en la costa este de Islandia.

La imagen retrata a una mujer recostada, cubierta parcialmente con una piel de oveja. La lana aparece intervenida y el gesto de cobijo evoca inmediatamente la iconografía de la piedad. Es como si se tratara de una madre que implora compasión por el territorio; una figura que protege, resguarda y acompaña aquello que se encuentra vulnerable.

Esa es, precisamente, la paradoja que vivimos hoy con PROMAN. Quizá la paradoja más humana de todas: seres humanos pidiendo, mediante una intervención, piedad por otra intervención humana.

La primera, aunque también transforma el territorio, es una intervención que dialoga con él; una que se nutre de su historia y, a la vez, le devuelve significado. La segunda representa una lógica distinta: la explotación de los recursos naturales con fines económicos, sostenida por un modelo que continúa concentrando la riqueza mientras distribuye de manera desigual sus beneficios.

Por ello, cuando observo la obra de Brenda, no puedo evitar pensar en la defensa del territorio como un acto profundamente cultural. No se trata únicamente de conservar ecosistemas o proteger especies; se trata de preservar aquello que nos permite reconocernos en un lugar, construir memoria y sentir pertenencia.

Pienso y siento a través del arte.

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Alejandra Larrondo López

Alejandra Larrondo López

Columnista

Alejandra Larrondo López

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