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La muerte del PAN

Acción Nacional agoniza no por falta de votos, sino por inanición ideológica. El partido que nació para ser el contrapeso ético y doctrinario del régimen postrevolucionario...

Analista y columnista Línea Directa.
Juan Ordorica. | Analista y columnista Línea Directa.

Acción Nacional agoniza no por falta de votos, sino por inanición ideológica. El partido que nació para ser el contrapeso ético y doctrinario del régimen postrevolucionario ha intercambiado su alma por una supervivencia pragmática que ya ni siquiera le garantiza triunfos. Al intentar convertirse en un producto de consumo masivo, diluyendo sus aristas para no incomodar a nadie, el PAN ha terminado por convertirse en nada. Es la crónica de una muerte autoinducida: el miedo a ser de derecha en un país que, paradójicamente, busca liderazgos con certezas.

Mientras la dirigencia blanquiazul se refugia en un discurso tibio, deslavado y obsesionado con el centro político, el resto de América Latina cuenta una historia radicalmente distinta. En el sur del continente, los triunfos de las fuerzas conservadoras y liberales en lo económico no se construyeron pidiendo disculpas por existir. Al contrario, la derecha sudamericana ha vuelto al poder abrazando su identidad sin complejos.

Desde la propuesta de reconstrucción institucional y mano dura en la seguridad, hasta las reformas de libre mercado más audaces, los liderazgos ganadores en Sudamérica compartieron una regla de oro: la autenticidad. No buscaron el aplauso del progresismo biempensante ni intentaron camuflarse con el lenguaje de sus adversarios. Se presentaron como una alternativa real, nítida y frontal.

El electorado, cansado de las crisis y la retórica oficialista, castigó la ambigüedad y premió la claridad. Encontró en ellos un refugio ideológico coherente, justo lo que el panismo mexicano ha decidido erradicar de su propio catálogo.

En México, el PAN parece avergonzado de sus raíces. En lugar de defender con orgullo el libre mercado, la propiedad privada, el fortalecimiento institucional y el valor de la familia desde su perspectiva laica pero humanista, prefiere jugar a la defensiva. Su narrativa actual es un eco débil
de las agendas ajenas, una política de reacción que solo sabe decir “no”; pero que es incapaz de proponer un “si” robusto y diferenciable. Al asumir que declararse de derecha es un suicidio electoral, el partido firmó su propia sentencia: la irrelevancia.

El síntoma más agudo de esta descomposición y de la pérdida total de brújula se vive a nivel local. En Sinaloa, bajo el noble argumento de abrir las puertas a una convocatoria ciudadana amplia para rescatar al estado, el partido ha terminado por dinamitar sus últimos pilares de congruencia. La reciente apertura y el registro de personajes como Jesús Estrada Ferreiro en los procesos internos del PAN manda señales completamente distorsionadas a la militancia y a la ciudadanía.

Estrada Ferreiro, exalcalde de Culiacán de extracción morenista, no solo carece por completo de coincidencias con la doctrina humanista y liberal del PAN, sino que históricamente fue un severo detractor de esta ideología. Durante años, sus posturas, sus ataques verbales y su ejercicio del poder estuvieron alineados con el proyecto político que el PAN jura combatir. ¿Qué señal se le envía al electorado sinaloense cuando el partido que debería encabezar la oposición le entrega las llaves de la casa a quien los insultaba?

Esta política de “puertas abiertas” sin filtros ideológicos evidencia que el PAN ya no busca convencer con ideas, sino pepenar estructuras ajenas. No es inclusión ciudadana; es pragmatismo cínico y desesperado. Cuando un partido político se vuelve tan elástico que en él cabe cualquier —incluso sus más fervientes enemigos ideológicos—, ese partido deja de significar algo. Se convierte en un simple cascarón burocrático, una franquicia electoral en renta para el mejor postor o para el desplazado en turno.

La muerte del PAN no ocurrirá cuando pierda su registro legal, sino cuando termine de perder la confianza de quienes buscan una alternativa real de derecha en México. Al negarse a sí mismo, el partido ha dejado huérfanos a millones de electores que exigen firmeza, claridad y, sobre todo, congruencia.

Si la dirigencia sigue apostando por la tibieza y el camuflaje, el blanquiazul terminará siendo solo un recuerdo en los libros de historia: el partido que tuvo la oportunidad de ser el gran contrapeso de la nación, pero prefirió morir de miedo antes que defender su propia identidad.

¿Usted qué opina, amable lector? ¿Qué tanta identidad le queda al PAN?

Fuente: Internet

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Juan Ordorica

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