El eco del “sí se puede” todavía retumba en las paredes del estadio Azteca, pero la realidad es la de siempre. México compitió, es verdad, y jugó uno de los partidos más serios y combativos que se le recuerden en rondas de eliminación directa. Pero el resultado nos devuelve al mismo purgatorio de los últimos cuarenta años: la eliminación en octavos de final y la incapacidad crónica de seguir avanzando.
Perder 3-2 contra una potencia como Inglaterra duele, pero duele más cuando el libreto del partido te puso los hilos del destino en la mano y decidiste soltarlos.
Mundialmente sabemos que el futbol de élite se define por detalles mínimos y por la contundencia. Cuando el Tri mejor jugaba en la primera mitad, Jude Bellingham desnudó las carencias conceptuales de nuestro sistema defensivo. Dos zarpazos idénticos en dos minutos (36’ y 38’) bastaron para poner un 0-2 que parecía lapidario.
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El pecado no fue solo de la zaga; el error infantil de Gilberto Mora en la salida tras recibir el primer gol evidenció esa fragilidad emocional que históricamente nos cuesta partidos.
El equipo reaccionó con orgullo y nos hizo mantener la fe y la esperanza de alcanzar el resultado con el que todo México soñaba. El gol de Julián Quiñones antes del descanso y el penal de Raúl Jiménez mantuvieron viva esa ilusión. Pero el verdadero punto de quiebre, el momento donde la historia exigía grandeza, llegó al minuto 54 con la expulsión del defensor Jarell Quansah.
Pero ese gol que pusiera las cosas 3-3 jamás llegó, pero al bombardeo aéreo que el equipo realizó con esos continuos pases al área chica con unos ingleses replegados defendiendo su ventaja. México cayó en la desesperación, centralizó los ataques y facilitó el trabajo de una Inglaterra que se echó para atrás.
¿Qué se hizo mal cuando se tenía un hombre de más? Tener superioridad numérica durante casi toda la segunda parte en tu propia casa debía ser la ventaja definitiva. Pero en lugar de eso, México sufrió el síndrome de la posesión estéril. La maldición de los octavos de final continúa allí, y quién sabe por cuántos mundiales más.
El penalti provocado por el arquero Raúl Rangel, quien había llegado a este juego con una cabaña intacta, y que cobró Harry Kane, fue una bofetada de realidad. Las potencias castigan los errores; los equipos en desarrollo los cometen cuando tienen todo para ganar.
La eliminación expone una verdad incómoda: el problema del futbol mexicano no es el quinto partido, sino el techo competitivo que se han impuesto. No es un mal de ojo ni una maldición gitana; es una consecuencia estructural.
Llegar a los cuartos de final exige jerarquía individual en los momentos de máxima presión. Mientras Inglaterra cuenta con figuras acostumbradas a la máxima exigencia semanal en la Premier League y la Champions, la estructura del jugador mexicano suele formarse en un ecosistema local de alta comodidad económica y baja exportación.
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Criticarles su actuación sería una falta de respeto enorme. La selección se despidió con la cabeza en alto, muriéndose en la raya y firmando un partido épico. Y eso nos deja un buen sabor de boca.
Pero en los Mundiales, la dignidad no se traduce en clasificaciones. Si seguimos analizando las derrotas desde el “jugamos como nunca”, seguiremos estancados en el “perdimos como siempre”.