¿Cómo era la izquierda latinoamericana en la década de los 70 del siglo pasado? La novela La Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, nos retrata su vida y su comportamiento.
Demasiado pragmatismo en la izquierda no es bueno, demasiada ingenuidad no conduce a nada bueno. Un reto cultural de la izquierda consiste en recuperar el legado ético del que tanto nos habló Pepe Mujica. Su congruencia se sintetiza en la frase de un obrero anónimo sobreviviente de la huelga de Río Blanco (1907): “Dejar de luchar es empezar a morir”.
Pepe Mujica decía que la razón de luchar es el amor, que ese es el motor de la acción política.
Su crítica al sistema económico vigente fue contundente: “Cuando compras algo, no lo compras con dinero, sino con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. Pero con la diferencia de que la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”.
Cualquier reflexión sobre la izquierda latinoamericana tiene un componente geopolítico determinante: los Estados Unidos.
El antiimperialismo latinoamericano nace en los movimientos independistas del siglo XIX y se consolida como un mecanismo de resistencia natural a la Doctrina Monroe (1823), que surge al considerar cualquier intervención europea en América como un agravio directo a los Estados Unidos, quien pronto consideró al continente como su zona de influencia natural con pleno derecho a intervenir en sus asuntos internos y aprovechar sus recursos naturales para su desarrollo económico.
En América Latina, la ideología nacionalista es previa a la difusión de los postulados socialistas. En el caso de México, los principios de autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de los conflictos tienen su origen en los Sentimientos de la Nación de Morelos y se consolidan con Benito Juárez, después de las amargas experiencias de la invasión y cercenamiento del territorio nacional efectuado por los Estados Unidos y la invasión francesa y el efímero imperio de Maximiliano de Habsburgo.
A lo largo del siglo XX, los Estados Unidos intervinieron en diversos países, de América Latina, mediante estrategias diplomáticas, económicas y militares. Estas intervenciones estuvieron motivadas por intereses económicos y geopolíticos ataviados, durante la Guerra Fría, con el ropaje del anticomunismo y la defensa de la democracia.
Los albores del siglo XX vieron la manifestación violenta de la hegemonía estadounidense sobre Latinoamérica.
Se implantaron dictaduras, con el respaldo y promoción de los Estados Unidos; cualquier intento gubernamental reformista fue catalogado como comunista y, en consecuencia, considerado un atentado a la democracia. Así es como las dictaduras se multiplicaron: República Dominicana (1930), Honduras (1933), Nicaragua (1937), Panamá (1941), Venezuela (1952), Cuba (1952), Colombia (1953), Guatemala (1954), Paraguay (1954), Haití (1957), Bolivia (1971), Ecuador (1972), Chile (1973), Uruguay (1973), Argentina (1976), Brasil (1979), Panamá (1983), Perú (1985). El régimen autoritario mexicano fue ajuarado con enseres barnizados ideológicamente como democráticos.
La proliferación de las dictaduras militares se dio ante el temor de que el ejemplo de la Revolución Cubana (1959) cundiera en América Latina. El fracaso de la invasión a Cuba con la derrota de los mercenarios, patrocinados por la CIA, en Bahía de Cochinos (1961), la crisis de los misiles (1962) y la derrota en Vietnam (1975) contribuyeron a que la Guerra Fría incrementara la temperatura de las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
La imposibilidad de las dictaduras militares para mantener la estabilidad política, la caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética, el desarrollo de un capitalismo de Estado en China, las transiciones democráticas (1980-2000) y el desdibujamiento de la socialdemocracia europea con el fracaso de la “tercera vía” dejaron a la izquierda sin brújula ideológica.
Ante el páramo ideológico, Norberto Bobbio (Derecha e Izquierda, 1994) y Eric Hobsbawm (Cómo cambiar al mundo) fueron vientos novedosos que abonaron el camino de un pensamiento fresco para buscar el cambio social en medio de un mundo globalizado y unipolar.
Para la elaboración de este artículo, se retomó parte del trabajo de Javier Santiago, titulado La única adicción saludable es el amor.