Imagínese que una mañana se despierta con una idea revolucionaria: va a abrir una hamburguesería. Pero no cualquier negocio de comida rápida grasienta, sino uno de verdad. Usted selecciona la carne de primera, compra las verduras más frescas del mercado local, hornea su propio pan y diseña una salsa secreta que es un poema al paladar. Además, atiende a cada cliente con una sonrisa auténtica, mirándolo a los ojos. Su producto es, objetivamente, una obra de arte culinaria comparado con el plástico masticable que venden las grandes cadenas trasnacionales.
Ahora, intente competir contra las cadenas más conocidas de hamburguesas en su ciudad.
Pronto descubrirá, a golpes de realidad y de billetera, que a la industria no le importa un comino que su hamburguesa sea mejor. Ellos tienen el control del mercado, los espectaculares en las avenidas principales, los canales de distribución, los contratos de exclusividad y el dinero suficiente para inundar el ecosistema con publicidad hasta que el consumidor salive en automático. Usted, con su receta perfecta y sus buenas intenciones, con mucha suerte logrará morder un pedazo del mercado en su colonia; pensar en conquistar la ciudad entera es una
fantasía romántica.
En la política mexicana pasa exactamente lo mismo. Reemplace usted la carne por propuestas, el pan por la honestidad y las franquicias de comida por los partidos políticos. El resultado es idéntico: el sistema está diseñado para que gane el que tiene la marca, no el que tiene la calidad.
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La política no es un apostolado, ni un club de debates, ni una mesa de almas bienintencionadas buscando el bien común; la política es una industria. Y como en cualquier sector maduro y corporativizado, los jugadores que ya están adentro cuidan su participación en el mercado con garras y dientes. Los llamados ciudadanos sin partido o candidatos independientes no son vistos por la partidocracia como refrescantes bocanadas de aire fresco; son vistos como competidores desleales, como intrusos que amenazan las franquicias establecidas y, peor aún, que pretenden arrebatarles una rebanada del multimillonario pastel del financiamiento público.
Por eso, cada vez que un ciudadano común, con un perfil impecable, prestigio profesional y ganas reales de cambiar las cosas decide postularse, la maquinaria se activa para triturarlo. Le imponen requisitos de firmas que ni el artista de moda lograría juntar en una tarde, le fiscalizan hasta el café que se tomó durante un mitin y le cierran los espacios en los grandes aparadores. Las reglas del juego las escriben los mismos dueños de las franquicias. ¿Cuándo se ha visto que una cadena
de hamburguesas legisle para facilitarle la apertura al negocio de la esquina?
Incluso cuando el milagro ocurre y la hamburguesa independiente logra colarse al menú principal, el resultado suele ser una enorme decepción. Ahí están los ejemplos históricos para demostrarlo: figuras que llegaron con la bandera de la pureza ciudadana y terminaron entregando un producto más rancio que el de los políticos tradicionales. Jaime Rodríguez “El Bronco” prometió que iba a “mocharle las manos” a los corruptos en Nuevo León y acabó con una gestión gris, señalada y devorada por las mismas viejas prácticas del poder. O el caso de Pedro Kumamoto en Jalisco, el joven idealista que enamoró a todos con una campaña de austeridad y que, al final, prefirió la comodidad de una alianza con los partidos de siempre antes que mantener intacta su dignidad independiente. Al final, los ciudadanos que logran vencer al sistema terminan clonándolo, demostrando que el poder intoxica igual, sin importar la marca que lo envuelva.
Y es que jugar sin logotipo es una carrera de resistencia con la cuesta siempre arriba. Aquí en Sinaloa bien lo sabemos con el ejemplo de Manuel Clouthier Carrillo. En 2015 dio la sorpresa histórica al ganar una diputación federal de forma independiente en Culiacán; demostró que en el mercado de la colonia, con un apellido de peso y una narrativa disruptiva, se podía vencer a las marcas locales. Sin embargo, cuando intentó replicar la fórmula en un escenario mucho más grande, compitiendo por el Senado en 2018, la dura realidad de la industria se le vino encima. Enfrentarse a una estructura estatal, sin el cobijo de una franquicia nacional y contra la marea de una elección presidencial, resultó una tarea titánica. El sistema está perfectamente blindado para que un triunfo local no se convierta en una amenaza masiva.
El problema de fondo es que los políticos nos siguen vendiendo hamburguesas rancias, con carne de dudosa procedencia, pan frío y un servicio al cliente que raya en la humillación. Lo sabemos. Nos quejamos de la indigestión cada tres o seis años. Vivimos con el estómago revuelto por la corrupción, la incompetencia y el cinismo de las marcas de siempre.
Sin embargo, aquí viene la parte más dolorosa de la analogía: la culpa también es del consumidor.
Como votantes, nos hemos vuelto flojos, predecibles y profundamente comodinos. El ciudadano promedio exige un cambio de fondo, pero a la hora de la verdad, no hace el más mínimo esfuerzo por defender o promover la opción de mejor calidad. Nos da flojera investigar al candidato independiente, nos da desconfianza que no tenga un logotipo conocido detrás y terminamos cayendo, por inercia o por miedo, en la fila de las mismas franquicias de siempre. Preferimos el sabor rancio pero conocido, al beneficio de una receta nueva.
Nos da pánico “tirar el voto”, como si votar por el logotipo que nos ha fallado durante décadas no fuera la verdadera forma de tirar la dignidad a la basura. El votante mexicano padece una especie de Síndrome de Estocolmo electoral: critica el menú del partido en el poder o de la oposición, pero cuando tiene hambre de futuro, regresa dócil a consumir el mismo combo de siempre, con todo y el juguete de plástico que le regalan en campaña.
Mala calidad, control absoluto del mercado y un consumidor resignado a la mediocridad. Esa es la fórmula perfecta que mantiene a los ciudadanos sin partido viendo la fiesta desde la banqueta. Mientras sigamos eligiendo presidentes, gobernadores y alcaldes con el mismo criterio con el que elegimos dónde bajarnos a cenar en una carretera a medianoche —por puro descarte y porque es lo único que tiene la luz encendida—, la política seguirá siendo esa gran cadena de comida rápida: un negocio redondo para los dueños de la marca, y una eterna indigestión para todos los demás.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Cuál hamburguesa prefiere?