En estos últimos días del año, cuando el calendario se agota y el ánimo hace cuentas, circula una plegaria que pide algo tan simple como profundo: que México no quede atrapado en la cultura de la muerte.
No es un eslogan publicitario ni una consigna política. Es, más bien, un suspiro colectivo. Una forma de decir lo que muchos sienten y pocos saben cómo expresar.
El 2025 deja heridas y huellas profundas. Ha sido un año de contrastes, de avances y retrocesos, de noticias duras que se han ido acumulando y de una sensación persistente de cansancio social.
La violencia y la incertidumbre han marcado el pulso cotidiano. Y cuando el ruido se vuelve constante, cuando la esperanza parece frágil, la gente busca dónde sostenerse.
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Ahí aparece la fe.
No como imposición ni como discurso religioso, sino como refugio emocional. Como una manera de procesar lo que duele, de encontrar un punto de calma en medio del desorden. Para muchos, creer no significa cerrar los ojos ante la realidad, sino resistirla con dignidad.
Esta oración que hoy circula dice mucho más de lo que parece. Habla de una sociedad que se siente rebasada, pero no vencida. De personas que no quieren acostumbrarse al miedo ni normalizar la violencia. De una ciudadanía que, aun cansada, se niega a perder la esperanza de un país distinto.
Creer también es una forma de resistir
La fe, en este contexto, no sustituye la responsabilidad de las autoridades ni borra las exigencias de justicia, seguridad y bienestar. Pero sí acompaña. Sostiene. Da sentido cuando el ánimo flaquea y el futuro se vuelve incierto.
En estos últimos días del año, cuando hacemos balances y miramos hacia adelante, quizá ese sea el mensaje más valioso: que todavía somos capaces de abrazarnos, de desear algo mejor y de creer que el próximo año puede ser distinto.
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Porque incluso en los tiempos más duros, la esperanza también es una forma de resistencia.