¿Hasta cuándo vamos a vivir con el alma en un hilo, con la sensación de que en cualquier esquina puede estallar el horror?
¿Hasta cuándo la vida cotidiana de miles estará condicionada por la violencia?
No podemos seguir así.
Y esto no es una súplica desde la comodidad.
Es un clamor de supervivencia.
La gente no quiere vivir con miedo. La gente quiere vivir, punto.
Y por eso, hoy más que nunca, hay que reconocer una verdad incómoda: si esta guerra no está completamente desbordada, es en gran medida gracias a la intervención de las fuerzas federales.
La labor de la SEDENA, la Marina, la Guardia Nacional y las áreas de Seguridad Pública Federal ha sido clave para contener una espiral que, sin ellos, pudo llegar a un punto crítico sin retorno.
Su presencia, sus operativos, su capacidad de respuesta han evitado que el caos se instale por completo.
Y esto debe decirse con claridad, sin regateos: es justo valorar y reconocer la intervención del gabinete de seguridad federal, ponderar el trabajo de quienes —día a día— se juegan la vida por mantener un poco de orden en las calles.
Pero contener no es suficiente.
El despliegue militar ayuda, pero no sana.
No reconstruye lo profundo: el tejido social roto, la juventud atrapada en colonias marcadas por la violencia, las comunidades rurales que sobreviven profundamente heridas.
Si queremos un cambio real, necesitamos inversión federal sostenida.
Inversión en proyectos productivos.
Inversión para el rescate de espacios públicos, canchas deportivas, centros culturales, talleres.
Comunidades vivas.
Lugares donde los niños y jóvenes estén seguros y acompañados.
Donde puedan aspirar a algo mejor.
Hay que sembrar futuro, incluso si el terreno está dañado.
Hay que defender lo que aún queda en pie.
Cada parque abierto.
Cada maestro que enseña.
Cada entrenador que guía.
Cada madre que lucha.
No todo está perdido…
Pero no podemos solos.