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Exigir, aunque se enojen

Hay algo que como sociedad hemos empezado a normalizar, y vaya que es muy peligroso: ceder. Ceder ante la incomodidad. Ceder ante quien “tiene más poder”. Ceder...

Vivi Santana
Vivi Santana, columnista | Cortesía

Hay algo que como sociedad hemos empezado a normalizar, y vaya que es muy peligroso: ceder. Ceder ante la incomodidad. Ceder ante quien “tiene más poder”. Ceder para evitar conflictos. Ceder ante quienes violan las leyes, los reglamentos, incluso la privacidad…

Aquí en Culiacán lo vemos todos los días: en la calle, cuando alguien se adueña de la banqueta; en las colonias, donde unos cuantos deciden por todos con o sin facultades; en espacios que terminamos cediendo al crimen, porque “mejor no me meto, ¡qué miedo!”. Y así, poco a poco, nos vamos acostumbrando.

Y en ese proceso de ceder, de permanecer en silencio, hemos ido soltando algo que nunca deberíamos de soltar: nuestros derechos.

Los derechos no son opcionales. No dependen del contexto, ni del cargo, ni del volumen de la voz de quien está enfrente o del miedo mismo: el derecho a la verdad, la transparencia, la libertad, la justicia, la igualdad, la equidad, el respeto a la dignidad humana.

Y esto aplica en todos lados. No solo frente a grandes instituciones o figuras públicas. También en lo cotidiano: en una junta, en una escuela, en una oficina, incluso en un comité de vecinos. En todas estas esferas también se ejerce el poder. Y donde hay poder, debe haber límites.

Pero hay una renuncia más profunda y más grave que también estamos normalizando: la renuncia a participar. Renunciamos al voto. Renunciamos a informarnos. Renunciamos a exigir.

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Le cedemos a otros las decisiones públicas, como si no fueran nuestras. Como si no nos afectaran. Como si alguien más tuviera que hacerse cargo. “Que alguien más lo haga”. “Yo no tengo tiempo”. “Todos son iguales”. Y mientras tanto, otros deciden: dejamos que quienes llegan al poder hagan y deshagan sin consecuencias.

Cuando no participamos, no exigimos. Y cuando no exigimos, dejamos de ser ciudadanos… para convertirnos en simples idiotas. Sí, idiotas. En la Grecia antigua, el “idiota” era quien no participaba en los asuntos públicos. Eso es lo que somos cuando vemos, opinamos… y no hacemos nada.

Luego vienen los momentos donde sí salimos, cuando llega la indignación colectiva, pero a muchos les dura solo un día. Después se vuelve a lo mismo: al compartir, al emoji de enojo, al activismo de sofá tras una pantalla: la indignación momentánea que se vive en un celular, pero no en la realidad. Y entonces regresa el silencio, y volvemos a ceder.

En Culiacán y en México pareciera que ya no nos sorprende lo que pasa… nos sorprende quien se atreve a decirlo.

Casos recientes lo evidencian. El llamado “Dato Protegido 2.0”, donde se usa el sistema y se intenta controlar la narrativa pública. El abstencionismo electoral, que termina decidiendo por todos desde la ausencia. O los momentos críticos como los Culiacanazos o la llamada “narcopandemia”, donde la incertidumbre y el miedo ocupan el lugar que debería tener la exigencia ciudadana.

Todo esto no son hechos aislados. Son síntomas: síntomas de que como sociedad hemos ido cediendo demasiado.

Una comunidad no se construye desde la imposición, ni desde el silencio cómodo del “mejor no me meto”. Se construye participando, respetando la dignidad humana y poniendo límites.
Podemos pensar distinto, no estar de acuerdo, podemos incomodarnos. Pero nunca deberíamos renunciar a exigir con dignidad. Defender nuestros derechos no es ser conflictivo. Es ser responsable. Es entender que la democracia no se sostiene sola. Que necesita ciudadanos presentes, informados y firmes.

Y si exigir incomoda, molesta, genera fricción. ¡pues que se enojen! Porque el problema ya no es solo quien abusa del poder, sino en cuántas veces decidimos no hacer nada frente a eso.

Los derechos no se pierden de golpe. Se pierden cada vez que decidimos no ejercerlos. Ceder es callar, y una sociedad en silencio es lo que más conviene a quien abusa del poder.

La verdad nos hará libres, plebes.

Fuente: Internet

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