Hay algo que está pasando en nuestras casas y vale la pena voltear a verlo.
Es algo que hace ruido, no llama la atención, pero ahí está todos los días frente a nosotros.
Tiene que ver con los celulares, con las redes y con algo que muchos hemos escuchado, pero pocos nos hemos detenido a entender bien: el algoritmo.
Dicho de manera sencilla, el algoritmo es como un “cerebro” detrás de las redes sociales. No es una persona, pero aprende muy rápido.
El algoritmo aprende qué te gusta, qué ves, en qué te detienes más tiempo. Y con esa información, te empieza a dar más de lo mismo.
Si a un niño le gusta un video, le van a salir diez parecidos. Si se queda viendo algo, le van a aparecer más cosas iguales.
Y así, poco a poco, lo va envolviendo.
No porque el algoritmo sea malo en sí, sino porque está diseñado para una cosa: que no sueltes la pantalla.
Y aquí vale la pena detenernos un momento y hacernos una pregunta:
¿Qué están viendo realmente nuestros hijos y por qué lo están viendo tanto?
Porque hoy es muy común, y muy entendible, que un niño tenga un celular o una tablet. A veces para entretenerse, a veces para que esté tranquilo, a veces porque todos ya tienen.
Sigue las columnas de Víctor Torres en la sección especial de Línea Directa
La tecnología, bien usada, es una chulada: nos acerca, nos enseña y nos abre el mundo. Pero también tiene este otro lado, que funciona sin que lo notemos.
El niño no elige todo lo que ve. Muchas veces, el algoritmo lo elige por él y le va marcando el camino.
Y en ese camino, el contenido no siempre es bueno. A veces solo lo distrae y a veces solo lo engancha. Y lo más delicado: eso empieza desde muy pequeños.
Por eso, más que preocuparnos, es necesario interesarnos para entender cómo funciona y preguntar.
Sentarnos un rato con ellos y ver qué están consumiendo.
No para prohibir, sino para entender.
Porque cuando entendemos esto, cambia la forma en que lo usamos.
Ya no se trata de quitarles el celular, sino de acompañarlos en su uso, enseñarles a distinguir lo que vale la pena y ayudarles a que no todo lo vean sin pensar.
Y también, por qué no decirlo, vale pena revisarnos nosotros y reflexionar sobre los contenidos que consumimos como padres. Porque muchas veces estamos en lo mismo.
El algoritmo también nos atrapa. También nos quita tiempo y sin darnos cuenta, cada quien anda en su pantalla y en su propio mundo.
El punto clave no es alarmarnos, es hacer otra pausa y preguntarnos:
¿La tecnología nos está ayudando o nos está absorbiendo más de la cuenta?
Mientras más temprano entendamos esto más fácil será tomar mejores decisiones.
No se trata de meter miedo. Se trata de hacer conciencia y NO dejar que el algoritmo decida por nosotros ni por nuestros hijos.
Estamos a tiempo.