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Entre el pánico y la acción: cómo actuar en una emergencia

Hay silencios que gritan más que mil palabras. No se escuchan, pero se sienten; pesan, atraviesan, anticipan. Son los silencios que acompañan a los cuerpos de...

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Hay silencios que gritan más que mil palabras. No se escuchan, pero se sienten; pesan, atraviesan, anticipan. Son los silencios que acompañan a los cuerpos de auxilio antes de cada emergencia, cuando aún no hay certezas, solo la espera. En esos instantes, el silencio lo dice todo: la tensión contenida, los nervios que no se nombran, el pulso acelerado que nadie comenta. Es un silencio compartido en cada recorrido, en cada mirada, en cada segundo previo a la llegada.

Entonces irrumpen las sirenas, rompiendo ese silencio que ya lo había dicho todo. Anuncian rapidez, eficiencia, control. Pero incluso entre su estruendo el silencio persiste: el de no saber qué se encontrará, el de lo impredecible, el de lo humano frente a lo desconocido. Porque hay silencios que gritan más que mil palabras… y son esos silencios los que acompañan cada atención, recordando que detrás de cada respuesta hay personas sintiendo, dudando y enfrentando lo incierto.

Durante Semana Santa tuve la oportunidad de experimentar de cerca esos sentimientos. Fui testigo de la pasión con la que los cuerpos de auxilio atienden a las personas, particularmente Protección Civil. Sin distinción de condiciones económicas, sin importar la hora del día o de la noche, su labor se despliega en la arena, pero también en el agua. Ahí, entre la urgencia y la incertidumbre, los silencios vuelven a aparecer. Se reflejan en los rostros de angustia de los familiares, en la espera contenida, en la mirada fija hacia quienes intentan ayudar. Y, al mismo tiempo, contrastan con el profesionalismo de quienes actúan: el estoicismo que debe prevalecer, la inmediatez en la atención y la coordinación precisa con otros cuerpos de auxilio.

Es, sin duda, una experiencia cargada de emociones que pocos tienen la oportunidad de presenciar. Pero también es un recordatorio contundente: detrás de cada emergencia hay más que protocolos; hay humanidad enfrentando lo incierto, en ese breve y profundo silencio donde todo puede cambiar.

Me atrevo a compartir algunas recomendaciones sobre cómo actuar en una emergencia. No provienen de una formación especializada en atenciones médicas prehospitalarias, sino de la observación cercana y del aprendizaje que deja ver actuar a quienes sí están preparados. Más que instrucciones técnicas, son recordatorios básicos que pueden marcar la diferencia en esos momentos donde el silencio inicial —ese que grita más que mil palabras— puede convertirse en pánico o, si se encauza, en acción responsable.

Recordemos que en una emergencia no hay margen para la indiferencia: son vidas humanas las que están en juego y cada segundo cuenta.

Lo primero que debemos hacer, en mi opinión, es dar aviso al número de emergencias (911). Ese paso, que parece obvio, es fundamental: permite alertar a quienes están capacitados y, además, recibir orientación telefónica que puede hacer la diferencia mientras llegan los cuerpos de auxilio.

Después, algo igual de importante y mucho más difícil: mantener la calma. El pánico no acelera las soluciones, al contrario, las entorpece. No sirve de nada correr sin dirección o intentar “ganarle tiempo” a la emergencia conduciendo de forma imprudente. Las ambulancias siguen protocolos específicos para el traslado de pacientes, cuidando aspectos como la estabilidad durante el trayecto —lo que incluso se relaciona con efectos físicos como la llamada “fuerza G”—. La prisa sin control puede agravar la situación.

También hay algo que pocas veces se ve, pero que resulta clave: la organización. Tuve la oportunidad de escuchar cómo, incluso antes de llegar al lugar, se anticipan escenarios y se distribuyen funciones. Nada queda completamente al azar.

Y luego está ese momento: la oscuridad, el silencio de la playa interrumpido por las sirenas que anuncian la llegada. Ahí, en medio de la incertidumbre, una voz asume el mando. Alguien dirige, instruye, ordena. Cada acción tiene un propósito, cada segundo una tarea asignada.

Ese contraste —entre el silencio previo y la acción coordinada— es lo que transforma una emergencia en una respuesta.

¿Sabían que en México existe un alto número de muertes por paros cardíacos? Niñas, niños, adolescentes, jóvenes y personas adultas pueden enfrentarlo sin distinción, y muchas veces no sabemos cómo reaccionar.

Ahí es donde el conocimiento puede marcar la diferencia. En esos primeros minutos, mientras llega la ayuda, iniciar maniobras de RCP (reanimación cardiopulmonar) puede sostener la vida. No se trata de ser especialistas, sino de tener herramientas básicas para actuar.

Por eso, resulta fundamental que más personas se capaciten en primeros auxilios. Aprender lo esencial no solo brinda seguridad personal, también puede convertirnos en el eslabón que hace falta en una cadena de supervivencia.

De igual forma, es importante identificar y promover espacios que cuenten con un DEA (desfibrilador externo automático). Este dispositivo está diseñado para ser utilizado por cualquier persona, incluso sin formación médica, y puede ser decisivo ante un paro cardíaco.

Entre el silencio que paraliza y la acción que salva, el conocimiento ocupa un lugar clave. Prepararnos no elimina el miedo, pero sí nos permite enfrentarlo con responsabilidad.

Concluyo externando mi reconocimiento a los cuerpos de auxilio: a quienes acuden al lugar del que otros huyen. Particularmente a mis compañeras y compañeros de Protección Civil, pero también a quienes, de manera coordinada, atienden cada emergencia: Protección Civil, Cruz Roja Mexicana, Bomberos de Navolato y las corporaciones de Seguridad y Tránsito Municipal. Gracias a ese trabajo conjunto, profesional y humano, lugares como la bahía de Altata, municipio de Navolato, pueden ser espacios seguros para vacacionar.

Porque, al final, entre el pánico y la acción, siempre habrá un silencio. Y son ellos —con preparación, entrega y vocación— quienes lo transforman en respuesta.

No escribo para nadie, pero todas y todos están invitados a leer. Les invito a reflexionar.

Fuente: Internet

Fotografía de perfil de Israel Malacón

Israel Malacón

Columnista

Israel Malacón

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