Enrique, no te preocupes

Aunque la detención del exdirector de Petróleos Mexicanos (PEMEX), Emilio Lozoya Austin, salpicará a muchos políticos, empresarios y exfuncionarios públicos, la línea principal de este caso de corrupción a gran escala apunta hacia una sola persona: el expresidente Enrique Peña Nieto.

            Todo tiene su origen en los sobornos que Emilio Lozoya comenzó a recibir de la constructora brasileña Odebrecht para apoyar la campaña presidencial de Peña Nieto en 2012, y que después de asumido el gobierno continuaron y llegaron a sumar 10.5 millones de dólares (confesado por el propio Marcelo Odebrecht allá en Brasil); lo demás son acusaciones de lo que habría hecho Lozoya al frente de PEMEX, como compras fraudulentas de plantas industriales, contratos amañados y hasta sobornos a legisladores de varios partidos para aprobar la reforma energética, pero el origen de toda esta corrupción sistémica es el caso Odebrecht.

            Conocida en Latinoamérica como «la creadora de presidentes», la empresa Odebrecht tenía una lógica muy sencilla y rentable: destinar sobornos millonarios a los candidatos presidenciales durante sus campañas para que una vez en el poder estos gobiernos le asignasen contratos exorbitantes de obras para recuperar así su inversión de manera exponencial. Según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, desde 2001 la empresa invirtió 788 millones de dólares en sobornos y recibió 12 mil millones de dólares en contratos en 12 países de la región. Todo un negocio redondo.

            Pero Odebrecht comenzó a  derrumbarse en 2016 al salir a la luz estas prácticas y con ello arrastró en su caída a los presidentes y ex presidentes que antes había ayudado a encumbrarse. Así, son nueve mandatarios y ex mandatarios los que han sido destituidos de sus cargos o procesados penalmente por su vinculación con la empresa: en Brasil, Luiz Inàcio Lula da Silva, Michel Temer y Dilma Roussef; en Perú, Pedro Pablo Kuckynski, Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Alan García (quien se suicidó de un balazo antes de ser detenido); en Panamá, Ricardo Martinelli; y en El Salvador, Mauricio Funes.

            Ahora bien, ¿debería de agregarse a esta lista de presidentes el nombre de Enrique Peña Nieto? Al menos, eso era lo que pretendía el entonces titular de la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales (Fepade), Santiago Nieto, al iniciar en 2017 una investigación contra Emilio Lozoya por el caso Odebrecht, pero cuya osadía idealista le costó que el gobierno de Peña Nieto lo destituyera del cargo y cerrara con ello el expediente.

            El 20 de octubre de 2017 la entonces PGR lo cesó fulminantemente, luego de que el fiscal de la Fepade revelara al diario Reforma que Emilio Lozoya lo había presionado para que declarara públicamente su inocencia por los desvíos de Odebrecht a la campaña presidencial de Peña Nieto, al comenzar a ventilarse el nombre de Lozoya en los juicios que se llevaban a cabo en Brasil contra los empresarios.

            Ahora, ¿qué pensará el hoy titular de la Unidad de Inteligencia Financiera del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Santiago Nieto, al ver finalmente caído a Emilio Lozoya? De seguro, tendría una sensación agridulce que le impediría esbozar una sonrisa completa; dulce, porque la historia lo está redimiendo y está demostrando que siempre tuvo la razón; agria, porque la detención de Lozoya está inmersa en una negociación política al más alto nivel que amenaza con no tocar al expresidente Enrique Peña Nieto y terminar por no hacer justicia en el caso Odebrecht, ese que le costó su humillante despido en 2017.

            Su ahora jefe, Andrés Manuel López Obrador, lo ha dicho dos veces en este agitado fin de semana: borrón y cuenta nueva, no anclarnos en el pasado, no llevar a juicio a los expresidentes sino más bien evitar que se cometan de nuevo esos actos de corrupción; incluso, ha adelantado que si se sometiera a una consulta ciudadana enjuiciar a los expresidentes, él votaría en contra. Con ello, México yendo en sentido contrario a lo que han hecho los otros países procediendo contra sus presidentes y expresidentes corruptos.

            Así, caprichoso que es el destino, nos muestra que hay momentos que se pueden repetir aun cuando sus protagonistas sean otros, como aquel 19 de abril de 2013 cuando en un evento en Chiapas de la Cruzada contra el Hambre, contando con la presencia como invitado de honor del entonces presidente de Brasil, Luiz Inàcio Lula da Silva, el presidente Enrique Peña Nieto defendía a su entonces titular de Sedesol, Rosario Robles, señalada en ese tiempo de desviar recursos a las campañas del PRI en Veracruz, durante la gubernatura, nada más ni nada menos, que de Javier Duarte.

            «Yo le decía, como bien también lo ha dicho el presidente Lula da Silva, Rosario, no te preocupes, hay que aguantar, porque han empezado las críticas, han empezado las descalificaciones de aquellos a quienes ocupa y preocupa la política y las elecciones», decía Peña Nieto, acuñando esa célebre frase que quedó para el sarcasmo político nacional: «Rosario, no te preocupes», hoy presa en el penal femenil de Santa Martha Acatitla.

            ¡Caprichoso que es el destino! Hoy casi podríamos estar escuchando —parafraseada entre líneas con todo lo que ha dicho este fin de semana— una frase similar de boca del presidente Andrés Manuel López Obrador:

            «Enrique, no te preocupes.»

            Dialoguemos para conocer más, que el conocimiento nos hace libres.

Twitter: @marcocesarojeda

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