La selección de México ha sellado su pase a la siguiente ronda de manera matemática, convirtiéndose el jueves en el primer clasificado del torneo, Se dice fácil, pero en el futbol de máxima exigencia, la tranquilidad de asegurar el boleto temprano es un lujo que pocos se pueden dar.
El 1-0 sobre Corea no pasará a la historia como un monumento al futbol lírico, pero sí como un testimonio de dos cosas fundamentales: la notable mejoría del Tri y el peso específico de los detalles.
La victoria significó un salto de calidad táctico. Olvidémonos por un momento del marcador. A diferencia de las versiones erráticas de partidos anteriores, contra Corea vimos a un equipo con mayor orden, transiciones más rápidas y una presión alta que por momentos asfixió la salida del rival.
El medio campo por fin encontró esa brújula que tanto se extrañaba, distribuyendo con sentido y dándole fluidez al ataque. Hubo personalidad, y eso, de cara a la fase de eliminación directa, vale oro.
Sigue las columnas de Luis Alfonso Félix en la sección especial de Línea Directa
Sin embargo, el futbol es caprichoso. Puedes dominar el trámite, ajustas las líneas y mejorar la posesión, pero a veces la llave del candado te la entrega el rival. Eso fue lo que sucedió. El único gol del encuentro no llegó por una jugada de fantasía construida en la pizarra, sino por un garrafal e inexplicable error del portero coreano.
Un balón que parecía de trámite, una fracción de segundo de desconcentración, y el esférico terminó en el fondo de las redes. Un oso de dimensiones épicas que sepultó las aspiraciones coreanas por sacar un mejor resultado, y que México, con colmillo y oficio, castigó de inmediato. En los torneos cortos no se pide perdón; se agradece el regalo y se factura.
Y pensar que, con la misma fórmula, los asiáticos tuvieron la oportunidad de empatar el partido en las postrimerías del mismo. Fue en aquella jugada en la que el “Tala” Rangel no supo salir por el balón dentro de su propia área chica, en donde le remataron a quemarropa, pero en una felina, la estirada de mano lo salvó del error que posiblemente hubiese cambiado su etiqueta de héroe a villano.
Con la clasificación en la bolsa, el panorama luce brillante, pero exige los pies en la tierra. Las mejorías son innegables y el liderato del grupo es un golpe de autoridad en la mesa. La selección ya cumplió con el primer objetivo. Ahora toca pulir la contundencia para no depender de la generosidad de los guardametas rivales, porque en la siguiente ronda los errores se pagan el doble de caro y los regalos ya no existen.