El futbol mexicano vive en una contradicción permanente, pero pocas de sus anomalías son tan curiosas –y un tanto mezquinas- como el “patriotismo de selección con condiciones”. Hablo de ese aficionado que se enfunda la camiseta verde, pero se niega a aplaudir si el gol de la victoria lo anota el delantero del odiado rival de la Liga MX.
Estoy en diferentes grupos de chat, y en el último juego de la selección –que venció a Chequia 3-0- una vez más vi las mismas reacciones de siempre cuando la jugada para gol, el pase para gol o la anotación misma, no la festejan de igual forma como cuando “uno de los suyos” la logra.
Para este espécimen, el Mundial o cualquier otro torneo de selecciones o duelos amistosos, no son torneos de unidad, sino extensiones de su propia trinchera local. Si el anotador juega en su club, es un héroe nacional que merece el “Balón de Oro”; si juega en el equipo de enfrente, el gol “fue de rebote”, “el rival no traía nada” o, peor aún, se guarda un silencio sepulcral mientras el resto del país grita con el alma.
Y lo afirmo, porque lo he vivido y lo he visto. El gol de Mateo Chávez que abrió el marcador, los aficionados de Chivas lo festejaron en los grupos como si se hubiera ganado la corona, destacando además que el pase para el gol lo dio otro elemento del mismo equipo, Luis Romo.
Pero cuando Julián Quiñónez puso el 2-0 y Álvaro Fidalgo puso el último clavo en el ataúd, el silencio fue notorio. ¿Por qué festejar a quienes surgieron del odiado rival? Recordemos que tanto Quiñónez como el español tenían un pasado americanista muy reciente.
La miopía del fanatismo se impone. Es un fenómeno fascinante y alarmante a la vez. Se supone que la selección es el único espacio de tregua en nuestro balompié. El único momento del año, o de cada cuatro años, donde un aficionado de los dos equipos más populares del país, pueden abrazarse sin sentir que están traicionando su identidad.
Sin embargo, el tribalismo de nuestra liga es tan agudo que ciega el sentido común. Destacar únicamente los méritos de “los tuyos” cuando visten la verde no es apoyar a México, es usar la vitrina internacional para validar una agenda local. Es querer tener la razón en la discusión el día siguiente con los amigos, por encima de celebrar un triunfo colectivo.
Esta fragmentación mental provoca que a menudo el jugador de la selección juegue bajo una doble presión: la de representar a un país y la de tener que convencer a una mitad de la afición que lo ve de reojo simplemente por el escudo que defiende en la liga. Aquí diríamos que el orgullo de barrio pesa más que la selección.
Al final del día, esta actitud reduce el futbol a su expresión más pequeña. Cuando el éxito de tu país te genera una mueca en lugar de una sonrisa porque el anotador lleva tatuados otros colores en el torneo local, el futbol ha dejado de ser un juego de emociones para convertirse en un inventario de rencores.
Si queremos que la selección aspire a grandes cosas, quizá la afición deba empezar por madurar primero. Un gol de México se grita con el corazón, sin importar si el que lo empuja a la red cobra su sueldo en Copa, en la sultana del norte, en donde inicia la patria (Tijuana) o en Guadalajara.
El marcador final solo dice “México”, no el nombre de tu club. ¿No es cierto?