Nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, le apuesta a que la negociación con el vecino del norte tendrá buenos resultados, pero el arancel impuesto al jitomate no es un buen augurio. La política arancelaria pretende disminuir el déficit fiscal de los Estados Unidos. Por lo tanto, al menos durante el gobierno de Trump, es una política que llegó para quedarse.
El impacto arancelario todavía no muestra su rostro obscuro a los consumidores estadounidenses. En el segundo semestre del año es muy probable que se den las manifestaciones de incremento de precios al consumidor.
La agresiva política arancelaria de Trump afectó a los productos de aluminio, acero y automóviles con un 25 % desde el mes de marzo. La industria automotriz es una de las ramas industriales con mayor relevancia como impulsora de la economía.
Ahora la embestida se ha dado en contra del jitomate con un arancel del 17.09 %. Esperemos que no sea la punta de lanza en contra de otros productos agrícolas mexicanos. El intercambio comercial agrícola es importante. El año pasado Estados Unidos importó 46 mil millones en productos agrícolas de México. De los cuales, 8 mil 300 millones fueron en verduras frescas y 9 mil millones en frutas frescas; 3 mil 100 millones corresponden a aguacates.
La experiencia histórica ha mostrado que las economías sustentadas en un solo producto o en un solo mercado están destinadas a mantenerse subordinadas a intereses extranacionales. Es el momento de diversificar los mercados para las exportaciones mexicanas.
Desde 1996 el tomate ha sido un renglón aparte en las negociaciones permanentes entre ambos países en materia comercial. La queja de los productores estadounidenses, según la cual los mexicanos incurren en dumping, viene de entonces.
Sin embargo, Washington durante años priorizó el libre comercio con su vecino del sur y firmó acuerdos de suspensión de los aranceles para el tomate.
El último, firmado en 2019, se acaba de tumbar, y esto es una prueba más de que con Donald Trump en la presidencia, muchas de las políticas comerciales que generaban consenso bipartidista están ahora en entredicho.
“No estamos de acuerdo”, ha dicho Claudia Sheinbaum. “El tomate mexicano va a seguir exportándose, aun con el arancel, porque no tiene sustituto”. La guerra del tomate, que históricamente se ha librado en el terreno comercial, con Trump se da también en el político.
Como advirtió Sheinbaum, lo más probable es que, de mantenerse el arancel, el efecto más inmediato sea sobre los consumidores de tomate en Estados Unidos. Dos de cada tres tomates que se consumen en EU vienen de México, según cifras oficiales.
Gracias a los acuerdos de suspensión de aranceles y al tratado de libre comercio vigente entre los dos países, las exportaciones de tomate al norte se duplicaron en la última década. Hoy representan un intercambio equivalente a casi 3,000 millones de dólares.
“No hay manera alguna de que Florida pueda abastecer al mercado local en cuanto a calidad, cantidad y precio, imposible”, sostuvo Antonio Ortiz-Mena.
Además, dijo: “Hay empresas de EU que tienen inversiones en tomate en México, no solo por los bajos costos laborales, sino sobre todo por las condiciones climáticas y por economía de escala. Entonces ellos también se ven afectados”.