El sofisma de la cerveza en Sinaloa

Cuando mi esposa Imelda Coronel estaba en La Habana haciendo la estancia académica de su doctorado en Educación en 2013, aproveché mis vacaciones en el noticiero Línea Directa para ir a visitarla 10 días. Así, mientras ella pasaba las mañanas en el IPLAC (Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño), yo la esperaba afuera sentado bajo la fresca sombra de los árboles y las palmeras leyendo El viejo y el mar, del estadounidense y cubano por adopción Ernest Hemingway, y después el clásico francés Madame Bovary, de Gustave Flaubert. En las tardes paseábamos y visitábamos las casas de Hemingway, del Che Guevara, el Museo de la Revolución y tantos sitios turísticos culturales más que tiene esta bella ciudad atrapada en el pasado de sus casonas viejas y sus vehículos americanos antiguos apodados almendrones.

            Un día invitamos a comer a los dos doctores cubanos que asesoraban a mi esposa en su tesis, de apellidos Fiallo e Isaac. Para quedar bien, les compré unas cervezas de la marca cubana Cristal, con tal de agradecerles y que sintieran la hospitalidad de nosotros los sinaloenses. Pero con extrañeza vi que no se acababan la cerveza; tras la comida y la plática de sobremesa, entre los dos cubanos apenas y se habían tomado tres botes del six-pack que les llevé. Sentí vergüenza y pensé: «Híjole, entonces aquí el único borracho soy yo. Nomás vengo a poner el desorden».

            Se fueron muy agradecidos los cubanos y les eché los otros tres botes en una bolsa para que se los tomaran el día que quisieran. Entonces, salimos a pasear mi esposa y yo a bordo del taxi del joven Miguel, quien se fletaba todas las tardes para llevarnos a recorrer La Habana. Todavía contrariado por la escena de la comida, le pregunté a Miguel si él tomaba cerveza, a lo que me contestó que no tenía ninguna necesidad, y que el dinero que ganaba mejor lo gastaba en comida.

            «Mire, señor Marco, si no tomo cerveza no me pasa nada, pero si no tomo agua y no como comida, me muero, ¿me entiende?», me dijo con ese característico acento caribeño que parece no completar la pronunciación de las palabras.

            La simplicidad del razonamiento de Miguel me hizo sonreír, pero desde entonces he meditado sobre la contundencia lógica de sus palabras. «Si no tomo cerveza no me pasa nada», pues sí, me sonrío de nuevo y aún lo recuerdo al volante diciéndolo con ese curioso acento cubano y encogiendo los hombros en señal de que tomar cerveza no es esencial en su vida, como lo supe ese día, tampoco lo es para los doctores Fiallo e Isaac.

            Pero ese razonamiento lógico y sencillo es de los cubanos. Aquí en Sinaloa, en cambio, vivimos un sofisma de la cerveza que nos lleva a creer que esta bebida es esencial en nuestras vidas. Y no sólo lo creemos nosotros, sino que así nos lo hace saber también nuestro gobernador Quirino Ordaz Coppel. El consumo de cerveza es esencial, y más en medio de la pandemia del coronavirus que estamos viviendo ahora.

            Un sofisma es cuando se llega a una conclusión falsa a partir de premisas verdaderas. Es un silogismo engañoso que manipula la deducción para presentar lo falso como verdadero, como si fuera producto de un razonamiento lógico. Veamos, pues, el sofisma empleado por el gobernador para justificar el levantamiento de la «ley seca» la semana pasada en medio de las restricciones generales por la pandemia.

Premisa 1: Todos los negocios no esenciales permanecerán cerrados.

Premisa 2: Los expendios ya pueden abrir para vender cerveza.

Conclusión: Por lo tanto, el consumo de cerveza es esencial.

            Así es como se construyen los sofismas. Es el engaño a la inteligencia que acuñaron desde la antigüedad los habilidosos sofistas griegos que tanto combatieron Sócrates y Platón.

            En fin, ahora más que nunca sigo recordando al taxista Miguel; lo imagino recorriendo la vieja Habana en su vehículo antiguo platicando con los pasajeros y mostrando siempre la simplicidad de su razonamiento. Creo que allá en Cuba está muy bien y que a su familia no le falta la comida, porque si estuviera aquí en Sinaloa, lo imagino hablándome ya no con su acento cubano, sino con el acento sinaloense:

            «Mire, señor Marco, si no tomo cerveza me muero».

            Dialoguemos para conocer más, que el conocimiento nos hace libres.

Twitter: @marcocesarojeda

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