Algo pasó estos días en Culiacán. La ciudad se sintió distinta. Y no porque las cosas se hayan calmado, sino porque miles de jóvenes, niñas y niños llenaron la Feria Internacional del Libro 2025 con un entusiasmo que contagiaba al verlos. Entraban emocionados, buscando historias, queriendo llevarse un libro que les hiciera sentir algo. Esa energía le dio otro aire a la capital sinaloense.
La Feria estuvo bien hecha, se notaba en cada espacio. Varias sedes, actividades para todas las edades y un ambiente tranquilo: caminar a gusto, escuchar una charla, sentarse tantito a hojear un libro sin prisas. Lo dijo más de un escritor: “En Culiacán hay ganas de participar.”
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Pero lo que de verdad hizo la diferencia fueron las escuelas. Maestras y maestros llevando grupos completos; madres y padres acompañando; niños felices con sus libros, como si trajeran un tesoro. En una ciudad tan golpeada por la violencia, ver eso tiene un gran valor.
Hubo presentaciones, cuentacuentos, poesía, música, conversatorios y editoriales locales mostrando su trabajo. Por unos días, los libros tomaron las calles. Y se sintió.
Porque esta Feria no fue solo un evento cultural. Fue la prueba de que la ciudad también se puede levantar desde lo sencillo: convivir, aprender, compartir. Que los libros ayudan a recomponer el ánimo y el tejido social. Que a los jóvenes les abre otras ventanas para ver el mundo.
Y hay que reconocerlo: organizadores, Ayuntamiento de Culiacán, Gobierno del Estado, instituciones educativas, equipos de trabajo, escritores y escritoras, pero sobre todo maestras, maestros y familias que movieron a cientos de niños. Gracias a ellos la Feria del Libro tuvo sentido.
Culiacán tiene heridas, sí. Pero también tiene gente que no se rinde. Gente que sigue apostando por la lectura, la cultura y los espacios donde podemos vernos de otra manera. Enhorabuena.