Hace más de cien años, en Agua Caliente de Gárate, en Concordia, Sinaloa (sí, donde también están pasando historias de terror por esta narcoguerra), ocurrió un hecho que terminó convertido en música. Durante una boda, un niño inquieto se alejó mientras su padre tocaba con la banda. El festejo se interrumpió y comenzó la búsqueda. La angustia crecía conforme caía la tarde.
Alguien sugirió que los músicos subieran a la Loma de los Novios y tocaran para que el niño pudiera orientarse con el sonido. La trompeta empezó a sonar. Luego otra respondió. Si uno escucha con atención “El Niño Perdido”, puede distinguir dos trompetas: una representa al padre; la otra, al hijo. Empiezan separadas. Poco a poco se acercan. Hasta encontrarse. Entonces la música cambia. Se vuelve alegre: el niño aparece.
Esa es la esencia de la historia de El Niño Perdido: la comunidad busca, el padre llama, el niño regresa.
El domingo pasado pedí esa canción frente a Catedral, al final de la marcha por Ricardo Mizael. Mientras los músicos tocaban, los niños botaban el balón como homenaje a su colega deportivo. Todo esto teniendo como escenario la columna vertebral de Culiacán, la Obregón, cubierta por los pétalos blancos que cayeron desde el cielo, y como espectadores, las más de dos mil personas que acompañamos a una madre que sufre la perdida, la ausencia, el asesinato de su corazón, de su único hijo.
Y mientras sonaba la trompeta a la distancia, no pude dejar de pensar en algo incómodo: ¿qué pasa cuando la trompeta suena… y el niño no vuelve?
Ricardo Mizael tenía 15 años. Fue asesinado y etiquetado primero como como ·”delincuente” y después como “víctima colateral”. Expresiones frías que pretenden convertir una vida robada en categoría administrativa. Como si nombrarlo así hiciera menos dolorosa la pérdida. Como si fuera un daño inevitable dentro de algo más grande; una narcoguerra que parece no tener fin aunque las autoridades digan lo contrario.
Un niño no es daño colateral. Un niño es futuro. Un niño no debe perderse, y si se pierde, debe de buscarse hasta encontrarle.
Hoy en Sinaloa hay demasiados niños perdidos. Algunos por balas. Algunos por desapariciones. Algunos por reclutamiento. Algunos por la seducción constante de una narcocultura que promete dinero fácil, respeto inmediato y poder sin esfuerzo. Y algunos, simplemente, perdidos en medio del caos. Ayer mismo robaron un vehículo en un colegio. Dentro iba un bebé de dos años. Lo abandonaron en una colonia lejana. Apareció. Está vivo. Pero estuvo perdido. Durante minutos —u horas— fue un niño arrancado de su entorno por la violencia cotidiana que ya ni sorprende pero sí aterra.
No solamente se puede hablar de pérdidas físicas, sino de las que ocurren en silencio: la pérdida de la infancia, de la libertad, de la tranquilidad. Muchos otros, sin haber muerto ni desaparecido, están perdiendo su infancia encerrados, creciendo con miedo, aprendiendo a cuidarse antes de aprender a jugar.
Porque el niño perdido de hace cien años se extravió jugando. El de hoy se pierde por crimen, por descuido institucional, por normalización.
Le preguntaron al gobernador por los menores asesinados. La respuesta fue superficial: “sí, sí, eso ha sido muy recurrente todo este periodo… pero van bajando; por ejemplo robo de carros, de vehículos ha bajado…”. Sí, respondió con tendencias, estadísticas, a la baja.
Cuando se habla de niños asesinados, responder con estadísticas no es técnica administrativa: es deshumanización. Un niño no se compara con el índice de robo vehicular. Un niño no es compensable con una gráfica descendente. La frialdad también es una postura.
Y mientras desde el poder se administran cifras, las familias administran ausencias. Mientras se habla de tendencia, las madres cuentan sillas vacías. Mientras se presume “a la baja”, hay infancias que no volverán a levantar las manos en una cancha.
El niño perdido de hace cien años tuvo una comunidad que detuvo la fiesta para buscarlo. Hoy parece que lo que no se detiene es la narrativa de las autoridades: se normaliza, se minimiza, se revictimiza, se clasifica, se archiva. Y así, poco a poco, el extravío deja de escandalizar.
La canción tradicional termina en encuentro. Nuestra realidad, no siempre.
Hay madres que siguen buscando.
Hay balones que se levantan al cielo.
Hay pétalos que cubren el asfalto.
Hay padres que siguen llamando.
Hay trompetas que siguen sonando en funerales y marchas.
La historia original de El Niño Perdido no es solo una anécdota musical: es una lección comunitaria. No se resignaron. No minimizaron el extravío. No lo llamaron incidente recurrente. Detuvieron la fiesta, subieron la colina y tocaron hasta que el niño escuchó y dejó de estar perdido.
Quizá esa es la pregunta de fondo: ¿hemos detenido realmente la fiesta? ¿O seguimos tocando mientras los niños se pierden?
Porque el Niño Perdido de hace cien años volvió a casa. Muchos niños perdidos de hoy siguen esperando. Y la pregunta no es solo dónde están.
La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer — como sociedad y autoridad — para que el sonido que hoy parece lamento vuelva a convertirse en encuentro.
No queremos más homenajes. No queremos estadísticas, No queremos normalización. No queremos niños perdidos, eso es inaceptable. Queremos niños vivos, con futuro, sanos, seguros, en casa, en la escuela, en nuestra ciudad. Sin miedo.