Ya casi ni nos sorprenden noticias que, hace unos años, nos habrían estremecido: un joven asesina a su padre; adolescentes peleando con machete en mano; chamaquitos de 13 o 14 años convertidos en punteros y sicarios.
Nos estamos acostumbrando. Y eso, quizá, es lo más peligroso.
Porque detrás de cada hecho violento hay algo que muchos no quieren ver: el consumo de drogas está fuera de control. Es una pandemia silenciosa que se lleva entre las patas a nuestros niños y jóvenes.
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Esto ya no es solo un tema de “vicios” o malas decisiones. Es un tema de abandono. De falta de opciones. De la ausencia de una guía, en la casa y en la escuela.
Muchos jóvenes sicarios cargan armas y traen el cerebro perdido entre pastillas, crystal, mariguana mezclada con quién sabe qué. Y lo más grave: para el crimen organizado, son útiles, baratos, obedientes y desechables.
El narco en Sinaloa siempre ha sido un tema incómodo. Pero mientras discutimos si llegan más soldados o si los retenes causan tráfico en las calles, la guerra también se libra en las casas, en las colonias y en las comunidades rurales.
Y la estamos perdiendo.
Los centros de rehabilitación no se dan abasto. Muchos operan sin supervisión. La atención emocional, la prevención deportiva y la oferta cultural siguen siendo insuficientes.
Necesitamos un nuevo acuerdo social. No solo de discursos. Uno real. Entre sociedad y gobierno. Un acuerdo que frene esta ola que no siempre se ve, pero que ya nos reventó encima.
Más centros de atención. Más psicólogos en las escuelas. Más deporte en las colonias. Más espacios donde los niños y jóvenes se sientan acompañados, no empujados al abismo. Porque si no les damos opciones, ya sabemos quién sí lo hará.
Hoy, el enemigo no siempre viene encapuchado. A veces llega en forma de polvo, de pastilla o de vapeador disfrazado, y se cuela en nuestras casas por las rendijas que dejamos abiertas con indiferencia.