Apenas a unas cuantas horas de que empiece a rodar el balón en el estadio Azteca para el partido inaugural entre México y Sudáfrica, el ambiente que se respira en las calles dista mucho de la tradicional euforia mundialista. Lejos de ser una fiesta que una e ilusione al país, la Copa Mundial 2026 comienza bajo una densa sombra de tensiones sociales, blindajes policiales y un profundo sentimiento de exclusión entre la afición local.
La promesa de una gran celebración deportiva choca de frente con la realidad sociopolítica del país. Las ciudades sede –particularmente la capital y Guadalajara- enfrentan jornadas de protesta, marchas y bloqueos convocadas por diversos colectivos, desde maestros de la CNTE hasta familias de personas desaparecidas y transportistas, quienes buscan visibilizar problemáticas estructurales que el evento intenta opacar.
Podría no ser ni la sombra de las pasadas Copas del Mundo que en 1970 y 1986 le tocó a México organizar, y que con esta nueva edición pasa a convertirse en el primer país con tres campeonatos como anfitriones.
La respuesta del estado sobre los problemas sociales ha sido contundente: un despliegue de más de 100 mil elementos de seguridad entre soldados, marinos, Guardia Nacional y policías, complementando con operativos viales restrictivos como el plan “Última Milla”, como un escudo frente a la crisis social.
Esta fuerte presencia militar y el control de los espacios públicos evidencian una gran paradoja: los alrededores de los estadios se blindan para proteger al turismo internacional y a los visitantes de élite.
A todo eso, habrá que agregar la alta barrera del costo para entrar a los inmuebles, convirtiendo el evento en un Mundial cien por ciento elitista, algo que enfría el ánimo por la inaccesibilidad económica. La implementación de tarifas dinámicas ha disparado el costo para los accesos a cifras prohibitivas para el bolsillo del mexicano promedio. Será una fiesta para pocos, caos y descontento para muchos.
La desilusión de la afición se alimenta de varios factores concretos: primero, una presencia reducida en comparación con los mundiales anteriores; segundo, las transmisiones bajo el muro del pago, pues al limitar el número de juegos a través de la televisión abierta, obliga a contratar plataformas de streaming, y, tercero, la exclusión tangible, donde la ciudadanía ha tenido que soportar meses de obras viales y adecuaciones urbanas para terminar siendo espectadores lejanos de un evento que parece haber sido diseñado exclusivamente para el turismo extranjero y los patrocinadores corporativos.
Tal vez podríamos anticipar un torneo blindado y ajeno al fervor popular que solía caracterizar a México en estas justas. Sería un campeonato de contrastes marcados, estadios llenos de marcas y turistas conviviendo en una burbuja de privilegios a escasas cuadras de las manifestaciones sociales legítimas y de la crisis de violencia y desigualdad que el país vive.
El Mundial 2026, al menos en México, quedaría marcado en la memoria colectiva no solo por lo que ocurra en la cancha, sino por recordarnos que el deporte espectáculo se ha vuelto un lujo ajeno a sus propias raíces. Más que una fiesta nacional, se perfila como un evento distante en donde el ciudadano común paga los costos de organización y sufre el caos, pero se queda sin boletos para entrar a la fiesta.
El panorama deportivo y las expectativas de la selección en el torneo se cocinan aparte.