El beisbol tiene esa maravillosa y a la vez cruel capacidad de pisotear la lógica en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien hubiera analizado las hojas de anotación antes del Juego de Estrellas del martes, la conclusión lógica habría sido una fiesta de la Liga Nacional.
El viejo circuito (LN) presumía con orgullo en sus filas a los líderes absolutos de las Grandes Ligas como Otto López, devorando la pelota con su promedio de .334; a Kyle Schwarber con 32 vuelacercas; a Jordan Walker impulsando 74 carreras; a Aaron Ashby en la cima de juegos ganados (12) y a Jacob Misiorowski dobleteando en PCLA (1.61) y Ponches (167).
Sin embargo, el clásico de media temporada no se juega en las páginas de estadísticas, sino sobre el diamante. El 4-0 en favor de la Americana fue un balde de agua fría para la Nacional, convirtiéndose, de paso, en el décimo juego por blanqueada en la historia y apenas el primero desde aquel 3-0 (también ganado por la Americana) en 2013.
Pero ¿cómo se explica que la Liga que tiene el mejor picheo y bateo más constante haya terminado blanqueada (conectando apenas 3 hits) en su propia casa (Filadelfia, la sede)?
Mientras la Nacional presumía sus números individuales, la Liga Americana demostró una tremenda contundencia colectiva. Bastó el primer episodio para inclinar la balanza. Los bates neoyorkinos de Cody Bellinger (electo MVP) y el novato sensación Ben Rice se encargaron de fabricar un rally tempranero de tres carreras ante el abridor Cristopher Sánchez. Más tarde, un panorámico jonrón de Miguel Vargas selló el ataúd.
Por el otro lado, el desfile de brazos de la Americana fue una auténtica pesadilla de velocidad y picheos rompientes, en donde 11 lanzadores se combinaron para permitir esos únicos 3 hits, y además, recetar la friolera de 15 ponches. Fue un dominio quirúrgico, asfixiante, y sobre todo sumamente físico.
¿Pesó la ausencia de Ohtani? Es imposible hablar de esta blanqueada sin tocar el tema de que el japonés no estuvo en el partido, a pesar de haber sido elegido por votación. Un problema físico se lo impidió, y los Dodgers no quisieron arriesgar a su máxima joya.
Para la Nacional, perder a Ohtani no es solo perder a un bateador de poder, es perder el factor de intimidación psicológica. El nipón en la caja de bateo cambia por completo la estrategia del manager rival, obliga a lanzar con extremo cuidado y desgasta a los serpentineros contrarios.
A su ausencia se sumaron las de colosos como Aaron Judge o el lanzador Paul Skenes, restándole algunas de las páginas más brillantes al libreto original del juego. Sin embargo, fue la Nacional la que lució huérfana de ese “factor X” que rompe juegos cerrados. Sin Ohtani en el lineup, la ofensiva del viejo circuito careció de chispa, garra, y sobre todo de ese bateador temido capaz de sacudir la confianza del picheo enemigo con un solo swing.
Con este triunfo, la Americana vuelve a mandar un mensaje de autoridad. Nos recuerda que en enfrentamientos directos de un solo juego, el orden, la oportunidad al bate y un bullpen profundo, siempre terminarán devorándose a las individualidades brillantes.
La Nacional se queda con el consuelo de las estadísticas individuales rumbo a octubre, pero con la herida abierta de haber sido pintada de blanco ante su gente. Sí, la ausencia de Ohtani dolió, pero el picheo de la Americana simplemente dictó una cátedra de cómo ganar cuando los reflectores brillan con más fuerza.
Y a propósito de estadísticas, el récord de asistencia a un Juego de Estrellas se mantiene intacto, con los 72 mil 086 fanáticos que ingresaron al parque de Cleveland en 1981, ocasión en la que pulverizaron la marca que existía de 69 mil 751 en ese mismo estadio en 1950. El martes, en Filadelfia la entrada fue de 43 mil 916.