Este martes 14 de octubre, miles de productores agropecuarios salieron a las carreteras de México.
Con tractores, mantas y el rostro endurecido por la incertidumbre, hicieron sentir su voz en un Paro Nacional Agropecuario que paralizó buena parte del país.
No fue una protesta cualquiera: fue un reclamo directo al gobierno federal para que el campo vuelva a ser prioridad.
Los agricultores enfrentan hoy uno de los escenarios más complicados de los últimos años: financiamiento escaso, insumos carísimos y precios de comercialización que no cubren ni los costos de producción.
La frase oficial “Sin maíz no hay país” se escucha bonito en los discursos, pero en los presupuestos se queda corta.
Sí, este tipo de bloqueos afecta a terceros y eso no se puede negar. Pero también es cierto que detrás de cada tractor hay una familia que depende de la tierra, comunidades rurales enteras que viven al día y que están luchando por seguir sembrando.
Esta movilización fue, en el fondo, un grito de auxilio.
Y aquí hay un punto que no debe olvidarse: la llamada Cuarta Transformación no se explica sin el voto rural. La llegada de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y de Claudia Sheinbaum en 2024 fue posible, en buena medida, gracias a la confianza de millones de campesinos y familias de las zonas más pobres del país. Hoy, son ellos quienes piden ser escuchados.
El campo ya no quiere discursos, quiere hechos. Programas reales, financiamiento accesible, precios justos y una estrategia clara para garantizar la producción nacional de alimentos básicos como el maíz y el frijol.
La presidenta Sheinbaum tiene hoy la oportunidad —y la obligación— de responder con acciones concretas, no con palabras.
El campo fue clave para que este gobierno llegara al poder. Ahora es el campo el que está tocando la puerta.