La situación actual del América en este abril del 2026 es, por decir lo menos, volcánica. Lo que hace unos meses parecía un proyecto blindado por el tricampeonato, hoy se encuentra en una crisis de identidad y resultados que tiene a su afición en pie de guerra.
El calvario que vive en la Liga MX se agudizó con su reciente fracaso en la Concachampions, tras ser eliminado en cuartos de final por el Nashville, que significó el golpe más duro, no solo por el resultado adverso, sino por las formas.
Haber caído en su propia casa 0-1 tras su inoperante 0-0 en la visita, ha reabierto la herida de la “paternidad” reciente de los clubes estadounidenses sobre los mexicanos en momentos claves. En su regreso al estadio Azteca, ahora bajo el nombre de una institución bancaria, no pesó. Su localía no existió, pese al respaldo de su público que terminó abucheándolo.
Con este nuevo fracaso en torneos internacionales, el América suma ya una década sin poder coronarse en la Concacaf, un bastonazo rotundo para la directiva que priorizó este certamen por encima de la Liga local con el propósito de asistir al Mundial de clubes con un rol protagónico. Con este revés continúa la deuda continental para con sus seguidores y para la organización misma.
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Las Águilas podrían haber salvado algo de su prestigio si la suerte hubiese estado de su lado para ganar la Concachampions. Pero no fue así. Su irregularidad ha sido la constante y ha pasado de ser una máquina ofensiva a un conjunto predecible y frágil en defensa. Las humillaciones rebasaron la línea del torneo doméstico.
En su racha negativa, por primera vez en 15 años (desde el Apertura 2011), no logró ganar ninguno de sus tres clásicos en la fase regular; perdió con Chivas y empató con Pumas y Cruz Azul.
Su posición actualmente en la tabla lo tiene al filo de la navaja. Se encuentra en la séptima posición peleando apenas por entrar directo a la liguilla, algo muy impropio para su jerarquía.
¿La causa? Su falta de contundencia. El equipo ha mostrado una preocupante sequía goleadora, dependiendo excesivamente de destellos individuales que en este torneo simplemente no han aparecido con la frecuencia de antaño.
Como suele suceder en estos casos, la presión no solamente del público sino de la prensa misma, apunta como exigencia la salida del técnico André Jardine, cuyo romance parece haberse borrado. ¿Acaso será el fin de la era de este brasileño que los llevó a conquistar un tricampeonato y que los colocó en cuatro finales consecutivas?
Antes de toda esta mala racha, Jardine parecía intocable, pero hoy vive sus horas más bajas. Su continuidad en el banquillo está en duda, por esos resultados. Tras su reciente eliminación ante el Nashville, el propio técnico declaró que “el club sabrá cuándo el cambio sea bueno para todos”. André no se aferra al puesto, pero eso suena a una despedida anticipada si en las últimas tres jornadas no consigue meterlos a la fiesta por el campeonato.
En el interior del club parece existir un vestidor abatido, como consecuencia de sus malos torneos. Da la sensación de un desgaste importante en la relación técnico-jugadores, y su discurso parece haber perdido efecto tras los últimos tres años de altísima exigencia.