Culiacán lleva el apellido Rosales desde 1873, en honor al general Antonio Rosales Flores, militar y figura liberal que defendió la República Mexicana durante la Segunda Intervención Francesa, en la conocida Batalla de San Pedro el 22 de diciembre de 1864. Su nombre quedó ligado a la idea de soberanía, resistencia y defensa de Sinaloa y de México en tiempos de crisis.
Pero hoy me atrevo a cambiar ese apellido, con ironía ante la impotencia que sentimos muchos ciudadanos de esta ciudad. Ya no Culiacán Rosales. Ahora parece Culiacán Retenes. De la Defensa. De la Marina. De la Secretaría de Seguridad Pública y Ciudadana. Y de vez en cuando, de la Policía Estatal.
Retenes en las avenidas principales. Retenes en horarios laborales. Retenes que convierten trayectos de diez minutos en media hora o más. Retenes que generan filas eternas, estrés, tráfico y una sensación permanente de vigilancia, tensión e incluso vulnerabilidad, para quienes solamente intentamos ir a trabajar, llevar a nuestros hijos a la escuela o regresar a casa.
Porque al ciudadano común sí lo detienen. Sí, lo revisan. Sí, lo retrasan. Pero la violencia sigue ocurriendo: balaceras, desaparecidos, asesinatos, atentados en plena luz del día. Las vidas arrebatadas siguen acumulándose, y con ello la tranquilidad de una ciudad que intenta seguir y resistir. Y mientras esto ocurre, la respuesta visible para la ciudadanía parece ser más retenes.
Todo esto sucede dentro de una crisis de seguridad que Sinaloa arrastra desde el 9 de septiembre de 2024. Casi veinte meses viviendo entre incertidumbre, hechos violentos, miedo y desgaste social. Una crisis que no nació solamente del crimen organizado, sino también de decisiones, omisiones y fracturas provenientes precisamente de quienes tenían la responsabilidad de dirigir, coordinar y proteger la seguridad del Estado y de quienes habitamos en él. Porque cuando quienes deben sostener las instituciones terminan vulnerándolas, o generando desconfianza sobre ellas, todo empieza a tambalearse: la percepción de autoridad, la tranquilidad cotidiana, la confianza pública, pero ahí están tratando de continuar y sostener una narrativa que cada vez menos ciudadanos creen.
Durante una semana he estado trasladándome diario cerca de donde ocurrió el atentado el día de ayer, contra un casino en la zona de Tres Ríos. Cada día que pasaba por ahí me topaba con un aproximado de 5 a 6 retenes. Hoy, solamente me topé con dos. Esto me provoca hacer una pregunta incómoda a las autoridades, pero que nos hacemos muchos ciudadanos: ¿los retenes realmente están funcionando… o solamente ya forman parte del paisaje urbano?
Vivimos rodeados de retenes, convoyes y revisiones… y aun así alguien pudo llegar, lanzar un ataque incendiario y escapar, dejando una mujer muerta y otras dos heridas. Sin detenidos. Sin responsables. Ahí es donde la percepción pública termina de quebrarse. Porque la lógica ciudadana esperaría exactamente lo contrario: más inteligencia, más prevención, más reacción real. No solamente presencia visible.
Y mientras nosotros vivimos entre retenes, tráfico, revisiones, balaceras, desapariciones y miedo constante, Culiacán y Sinaloa siguen apareciendo bajo el foco internacional por los constantes señalamientos desde Estados Unidos sobre presuntos vínculos entre figuras políticas y el narcotráfico. Algunos pidieron licencia. Otros siguen legislando. Otros continúan tomando decisiones públicas mientras sus nombres siguen apareciendo en investigaciones o declaraciones estadounidenses, sintiéndose muchos protegidos, intocables o respaldados; “no están solos”, protegidos por quienes gobiernan a nivel federal, mientras que a los que vivimos esta guerra desde hace 20 meses, pareciéramos no importarles, o les importamos tanto que vivimos día con día la “estrategia de seguridad” que han “diseñado”. Esa la vivimos los ciudadanos comunes, trabajadores, estudiantes, familias.
Porque a nosotros sí nos paran. Sí nos cuestionan. Sí nos revisan. Pero la violencia sigue encontrando la manera de pasar por aquellos lugares donde no hay retenes.
Vino Omar García Harfuch. Se reunió con la nueva gobernadora interina tras la salida de Rocha. Hubo declaraciones, fotografías y discursos sobre coordinación y resultados. Se presumieron “bajas”. Pero apenas se fue, la ciudad volvió a sentirse igual: incierta, tensa, impredecible. Dejándonos en el continuo desgaste de vivir hoy en Culiacán, sin saber cuándo te puede tocar.
El apellido Rosales representa una etapa donde se hablaba de defender la República, la soberanía, el Estado. Hoy, Culiacán Retenes parece describir una ciudad donde hay vigilancia por todas partes… pero donde la ciudadanía sigue sintiéndonos solos frente a la violencia.