¿Cuánto querrá el gobernador Quirino Ordaz a sus hijos?

Sin imaginarlo en el rol solemne de ser gobernador del estado, sino como a un simple padre de familia común y corriente, me pregunto cuánto querrá Quirino Ordaz Coppel a sus dos hijos, qué está dispuesto a hacer por ellos, y cómo lo que les pase o deje de pasar influye en sus acciones como hombre, como padre y también como gobernador.

            Para tratar de entenderlo y ponerme en el mismo lugar de padre, me remonto a un episodio que vivimos en mi familia hace muchos años. Dormíamos una noche mi esposa y yo con nuestro primer hijo en medio de nosotros, bebé de meses apenas, y mi esposa ve asustada un alacrán que bajaba por la cabecera de la cama directo hacia mi hijo, me alerta ella con un grito y reacciono rápidamente agarrando al alacrán con mis dedos y haciéndolo puré en un tris. Sorprendida y viéndome la mano viscosa con los restos del alacrán entre mis dedos, me dijo «¡Marco, te pudo haber picado!», y yo le respondí «Qué le hace, prefiero que me pique a mí, y no a mi hijo».

            Esas cosas son las que hacen los padres, y no porque ni siquiera lo planeen, sino porque actúan por instinto, con un amor tan grande como irracional que les sale desde las entrañas. Uno prefiere que le pase cualquier cosa a uno mismo, a cambio de que no les ocurra a los hijos. Y cuando a pesar de nuestros deseos, algo les pasa a los hijos, entonces el amor de padre arde en el interior para hacer al hombre aun más sensible, más decidido todavía a hacer cualquier cosa por los suyos.

            Creo que eso es lo que le ocurrió a Quirino Ordaz Coppel ese sábado 21 de marzo cuando supo que su hija tenía coronavirus. Sin esa solemnidad de ser gobernador, y quizás procurando que nadie lo viera, lo imagino hasta llorando a solas como un padre de familia común y corriente, pidiéndole a Dios y a la Santísima Virgen por la salud de su hija, y comprometiéndose a hacer todo lo que esté en sus manos para cambiar esta situación.

            Movido por el instinto de padre, con el coraje que nos hace reaccionar ante el peligro, el gobernador se decidió a atajar rápidamente el virus y a hacerlo puré con sus dedos, sin importar el riesgo o los daños que él mismo pudiera sufrir.

            Siendo hotelero de Mazatlán, ordenó el 31 de marzo el cierre de todos los hoteles de Sinaloa para evitar más contagios de coronavirus, lo que significó sin duda alguna un enorme daño económico tanto para él como para el resto de los hoteleros que ven en las vacaciones de Semana Santa la mejor época de ganancias de todo el año. Algunos cercanos hasta pudieron haberle reclamado por esta reacción tan enérgica: «Oye, pero esto nos va a hacer mucho daño», a lo que seguramente él habría respondido «Qué le hace, prefiero dañarme yo, a que se dañe mucha gente con el virus».

            Esa es la diferencia de cuando un hombre se sensibiliza por el dolor de los hijos. Por eso, el gobernador ha tomado más acciones igual de enérgicas para evitar que los sinaloenses sigan contagiándose y muriendo por la enfermedad, como cerrar a partir del 6 de abril todas las plazas comerciales, cerrar restaurantes y prohibir la venta de bebidas embriagantes desde el pasado domingo 12 como medida extrema para hacer entrar en razón a la gente de que se cuide y deje ya de estarse exponiendo en fiestas y reuniones como si nada estuviera pasando.

            Esto particularmente de la «ley seca» le está generando críticas al gobernador porque ha tocado una fibra sensible del estilo de vida del sinaloense, que es el consumo de cerveza por mera costumbre, por motivo de reunión con los amigos o hasta simplemente porque ya hace calor, pero sin duda será una de las medidas más efectivas para reducir la propagación del virus que ha colocado a Sinaloa con una tasa de mortalidad de casi el doble de la media nacional, con un 11.55% contra un 6.62% en el país, y en la que Sinaloa solo es superado por la Ciudad de México en número de muertos.

            La gravedad de la situación, aunque muchos no quieran verlo aún, obliga a quedarnos en casa para cuidarnos no solo a nosotros mismos, sino principalmente a nuestros seres queridos para no traerles el contagio de fuera, sobre todo a nuestros hijos, que son lo más valioso que tenemos en la vida. Si cumplimos con todas estas medidas preventivas, nuestros actos hablarán por sí solos si Quirino Ordaz nos llegara a preguntar, desde el dolor de su propia experiencia familiar: «¿Cuánto quieres a tus hijos y qué estás dispuesto a hacer por ellos?».

            Dialoguemos para conocer más, que el conocimiento nos hace libres.

Twitter: @marcocesarojeda

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