El Juego de Estrellas de las Grandes Ligas siempre ha navegado en dos aguas turbulentas: el mérito estadístico de una temporada perfecta y la inercia de la popularidad.
El anuncio de los rosters para este Clásico de mitad de temporada a celebrarse el próximo martes en Filadelfia, no ha hecho más que ensanchar esa grieta. El
caso más paradigmático, casi de debate de café, es el de Aaron Judge.
La estrella y capitán de los Yankees ha sido seleccionado como jardinero titular de la Liga Americana. Hasta ahí, para el fanático casual, todo normal. El
“pequeño” detalle es que Judge no pisa un terreno de juego desde el 31 de mayo debido a una fractura por estrés en la costilla derecha.
Al momento de jugarse el partido, el “Juez” sumará más de mes y medio (y en la práctica casi dos meses) sin actividad real, viendo los juegos desde el dugout y limitado a ejercicios.
¿Tiene mérito su inicio de campaña? Por supuesto, acumuló 16 jonrones y un OPS brutal en sus primeros 41 encuentros. Pero premiar con la titularidad a un pelotero inactivo por media temporada abre el viejo debate: ¿El All Star Game” es un premio al rendimiento del año o un concurso de pasarela para las marcas
y las camisolas más vendidas?
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En el beisbol moderno, donde el WAR y las métricas avanzadas intentan dictar justicia, la jerarquía y el voto le siguen haciendo un strikeout al rigor matemático.
Y en ese costo colateral de la fama, otros con merecimiento quedan en sus casas. Sí, porque cuando una superestrella inactiva o un pelotero de nombre pesado ocupa una plaza por decreto de popularidad, el ecosistema del béisbol genera “olvidados”. En esta edición, la lista de los marginados nos deja ver que jugar en un mercado pequeños o no tener los reflectores de Nueva York o Los Angeles sigue costando caro.
Ejemplos hay muchos, pero sólo citaré unos cuantos.
Sony Gray (Pitcher, Boston): el veterano lanzador ha tenido una primera mitad de fantasía, sosteniendo rotaciones y mostrando números de efectividad
dignos de un Cy Young. Sin embargo, en el juego de las boletas y las elecciones de lanzadores, la espectacularidad de los brazos jóvenes o los nombres mediáticos terminó por cerrarle la puerta.
Otro caso es Brice Turang (segunda base, Milwaukee): el infielder ha sido el motor silencioso de su equipo, combinando una defensiva de élite con una
velocidad en las bases que desquicia a los lanzadores. Mientras peloteros con menor aporte integral o menos juegos disputados se meten en la lista, el rigor
diario de Turang se quedó flotando en el olvido.
Michael Harris II es uno más. Aunque ha patrullado los jardines con excelencia y sus números ofensivos están en el Top de la Liga Nacional, la inercia de los
votos masivos para equipos como los Dodgers o los Filis terminaron asfixiando sus posibilidades.
Pero existe también un caso irónico: el de Justin Wrobleski (pitcher, Dodgers).
A pesar de jugar para un gigante como Los Angeles y haber rescatado la rotación con un sólido 2.80 de efectividad en casi 100 entradas, la sombra de sus propios compañeros de equipo, cargados de contratos multimillonarios y reflectores como Yamamoto y Othani, eclipsó su consistencia.
Al final pues, se premia el estatus antes que la irrupción del obrero del montículo.
El Juego de Estrellas no es, ni será, un tribunal de justicia deportiva. Es un show. Pero ver a Judge –con una costilla rota- ganar una votación sobre peloteros que se rompen el lomo a diario en el terreno nos recuerda que, en el negocio de las Ligas Mayores, el apellido siempre pesará más que las matemáticas.