Consejos de Gabriel García Márquez para actuar ante la epidemia

«Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad sólo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir.»

            De esta manera imaginó el Nobel de literatura Gabriel García Márquez en su obra cumbre 100 años de soledad la forma en la que su utópico Macondo enfrentaba la emergencia de una epidemia de insomnio que el día menos pensado llegó al pueblo, así como llegan las epidemias, primero sin hacerle caso y tomándolo incluso con sentido del humor, hasta después caer en cuenta del peligro y verse obligados a actuar urgentemente entre todos para frenar la enfermedad.

            «José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños».

            Es lo que hoy vivimos en México, como si fuera un pasaje más del realismo mágico del escritor colombiano que la mayor parte de su vida la vivió y la murió aquí en México. Ya deberíamos de estar pasando esa etapa, la de estarnos muriendo de la risa con los memes, los chistes y todo lo que se ha compartido en redes sociales, y entender que la gente se está muriendo de deveras, ya no de risa, sino del coronavirus.

            A Macondo la epidemia le llegó desde fuera, con el arribo de la niña Rebeca que huérfana de padres y familia fue a dar a la casa de los Buendía y esparció el virus a todo el pueblo. Pero fue gracias a la participación de todos los habitantes que la peste no se propagó más allá de la ciénaga al hacer cada quien lo que le correspondía en las medidas preventivas, hasta en tanto llegara el viejo gitano Melquiades con el brebaje que los curaría a todos.

            Los consejos de García Márquez son claros, en ese pasaje de cuatro páginas desde la 29 a la 32 de 100 años de soledad: primero, dejar de morirse de la risa; segundo, tomar las cosas en serio; tercero, aislar a los que están enfermos; cuarto, actuar entre todos con medidas preventivas con un alto sentido de responsabilidad social para no esparcir más el virus; y quinto, esperar a que la ciencia médica, así como Melquiades, nos llegue algún día cercano con el antídoto.

            «Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetos estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante resplandor de alegría. Era Melquíades.»

            Dialoguemos para conocer más, que el conocimiento nos hace libres.

Twitter: @marcocesarojeda

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