En Sinaloa hemos aprendido a leer los silencios. A veces dicen más que los propios balazos.
Desde septiembre de 2024, cuando estalló con claridad la pugna interna entre grupos del crimen organizado que disputan el control del cártel, la vida cotidiana en ciudades como Culiacán cambió. Cambió en la manera de salir, de conducir por ciertas calles, de mirar el reloj cuando cae la noche.
No fue una guerra declarada, pero todos supimos que estaba ahí.
Ahora, la pregunta es: ¿cómo sabremos que esa guerra terminó?
¿Será cuando los números confirmen lo que ya empieza a asomarse?
Los datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran que en febrero hubo una tendencia a la baja en homicidios y robo de vehículos en Sinaloa.
¿Es solo una pausa estadística o estamos frente al primer indicio de que el conflicto comienza a apagarse?
¿O la señal será más visible en la calle?
¿Será cuando dejen de aparecer retenes y convoyes de militares recorriendo colonias o carreteras?
¿Cuando las sirenas dejen de marcar el ritmo de la madrugada?
¿Cuando las noticias de enfrentamientos dejen de abrir los noticieros?
En esta tierra, incluso los símbolos cuentan historias.
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¿Será cuando aparezcan mantas en distintos puntos de Culiacán anunciando el fin de la confrontación, como ha ocurrido en otras etapas oscuras de nuestra historia reciente?
Pero tal vez la señal más clara no estará en los mensajes ni en los reportes oficiales.
Quizá la señal más profunda será emocional y cotidiana.
¿Será cuando volvamos a salir de noche sin calcular rutas ni horarios?
¿Cuando una familia pueda cenar fuera sin esa sensación incómoda de que algo podría ocurrir en cualquier momento?
¿Cuando los jóvenes vuelvan a ocupar las calles con la naturalidad que siempre caracterizó a la ciudad de Culiacán?
Porque las guerras no solo dejan cifras. También dejan desconfianza.
Y ahí surge otra pregunta que los sinaloenses tendremos que responder juntos: ¿cuánto tiempo nos llevará recuperar la confianza?
La economía, es cierto, no se ha detenido. Empresarios, comerciantes y trabajadores han seguido adelante.
Autoridades estatales y municipales han impulsado apoyos para pequeños negocios y mujeres emprendedoras que hoy sostienen parte importante de la actividad económica. Ese esfuerzo ha evitado que la parálisis se imponga.
Pero reconstruir la confianza social siempre toma más tiempo. La confianza no vuelve con un decreto ni con una estadística mensual.
Por eso la verdadera interrogante quizá no es solo cuándo terminará la guerra, sino qué vendrá después. Sinaloa ha demostrado muchas veces que sabe levantarse.
El día que la guerra termine no habrá comunicados oficiales. Simplemente volveremos a vivir… y sólo entonces sabremos que esto empezó a cambiar.