En medio del dolor diario que provoca la violencia en México, hay una verdad incómoda que pocas veces se nombra con todas sus letras: nuestro país está atrapado entre dos grandes fuerzas que alimentan el conflicto.
Por un lado, el cártel de la droga: produce, distribuye y mata dentro de nuestras fronteras. Opera en comunidades marginadas y en las grandes ciudades, donde ejerce violencia y poder.
Por el otro lado, el cártel de las armas: con sede en fábricas legales, tiendas deportivas y ferias de armas en Estados Unidos, donde la venta de rifles de asalto es un negocio amparado por leyes permisivas y respaldado por cabilderos influyentes en el Congreso.
Mientras México intenta enfrentar a los grupos criminales con recursos limitados, cada año cruzan la frontera más de 200 mil armas ilegales con un destino claro: las manos de los sicarios.
Rifles Barrett y fusiles AR-15. Herramientas de guerra que llegan como si fueran juguetes.
En estados como Sinaloa, la violencia no solo se mide por el número de homicidios, sino por el tipo de armamento que circula.
Estados Unidos ha señalado que el problema de las drogas viene de México, pero guarda silencio sobre el flujo constante de armas hacia el sur.
México, por su parte, ha denunciado esta situación en foros internacionales y ha demandado a fabricantes estadounidenses, pero hasta ahora ha encontrado más puertas cerradas que soluciones compartidas.
La verdad es que ningún plan de seguridad será suficiente si no se cierran las puertas a las armas que convierten cualquier pleito en una masacre.
Pobre México, atrapado entre dos cárteles.
Pero también entre la incapacidad de frenar a los grupos delictivos en casa y la indiferencia de un país que se dice aliado, pero que sigue vendiendo las armas que matan a nuestros jóvenes.