A decir verdad, tengo apenas un vago recuerdo de mi padre.
No es un recuerdo triste. Tampoco amargo. Mucho menos de resentimiento. Quizá porque mi madre hizo algo extraordinario sin proponérselo: sembró tanto amor en mi corazón que nunca dejó espacio para el rencor.
Crecí con mis abuelos y bajo la guía de una mujer que, además de ser mi madre, asumió también el papel de padre.
Era una mujer trabajadora, disciplinada, alegre, comprometida y con un profundo sentido del servicio. Desde la enfermería, la profesión que ejerció durante toda su vida, ayudó a muchas personas. Viéndola, entendí, desde muy joven, que el trabajo también puede ser una forma de amar. Esa fue mi escuela.
Con los años he aprendido que la paternidad no puede juzgarse solo desde el resultado. Cada padre carga también con su propia historia, con la educación que recibió, con sus carencias, con sus aciertos y con sus errores. Muchos hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que la vida les dio. Algunos acertaron. Otros se equivocaron.
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Claro que existen excepciones. Hay abandonos, violencias y ausencias que no admiten justificación. Pero hoy quiero detenerme en quienes, a pesar de las dificultades de la vida, decidieron asumir la responsabilidad de ser padres.
Hoy quiero reconocer a los padres que han hecho su mejor esfuerzo por sacar adelante a sus hijos. A los que trabajan, educan, acompañan y, con su ejemplo, dejan una huella que, muchas veces, solo se valora con el paso de los años.
Ser padre no significa ser perfecto.
Significa hacerse presente. Intentarlo una y otra vez. Comprender que un hijo necesita mucho más que el sustento económico: necesita tiempo, palabras de amor, abrazos, límites y un buen ejemplo.
Hay madres que, sin proponérselo, terminan ejerciendo también la paternidad. No sustituyen a nadie; simplemente llenan con amor, disciplina y ejemplo los espacios que la vida dejó vacíos.
Quizá por eso, cuando pienso en mi padre, no lo hago desde el enojo, sino desde la comprensión que solo regalan los años. Porque el tiempo también enseña que nadie llega a la paternidad con un manual bajo el brazo.
Este Día del Padre es una buena oportunidad para reconocer a quienes, con sus virtudes y sus limitaciones, han hecho de la paternidad un compromiso de vida. Porque, al final, la huella de un padre no se mide por la perfección, sino por la decisión de estar.